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Reflexiones - Caminando con Jesús

 

¿Encontramos a Cristo o él nos encuentra?

Autor: Monseñor Vittorino Girardi S.Obispo emérito de Tilarán-Liberia.
Fuente: ecocatolico.org/

Hay  expresiones  y  afirmaciones que llamaríamos “a efecto”, es decir pensadas para llamar la atención y así hacer nos reflexionar. La que usted me transcribe, estimado Walter, es una de ellas. Es bonita y acertada: Jesús no está ni perdido ni escondido para que le debamos buscar; más bien es Él quien nos busca, como Buen Pastor que va en busca de la oveja perdida.Con otras palabras, siempre es Dios quien toma la iniciativa. Papa Francisco diría que es Dios quien “primerea”.

Como lo leemos en el capítulo 3 del libro de Génesis, es Dios quien busca a Adán y Eva (y todos somos Adán y Eva, pobres pecadores), quienes avergonzados se habían escondido.Sin embargo, esta verdad no excluye que nos corresponda a nosotros también buscarle a Dios. Y aquí la palabra buscarlo no significa en absoluto  que haya que buscar a quien se haya “escondido”, o peor, “perdido”, más bien significa  que hay que ir al encuentro de  quien nos espera. Lo dijo y por experiencia propia San Agustín:“Dios mío no te buscaría si Tú primero no me hubieses buscado”.

Un ejemplo sencillo y “a mano” nos viene del relato de San Mateo acerca de los Reyes Magos. Ellos vieron la estrella en Oriente, y siguiéndola llegaron a Jerusalén y a Belén y así encontraron a Jesús y lo adoraron. Fue Dios quien primero los buscó haciéndoles ver la estrella; de Dios fue la iniciativa y a la búsqueda divina correspondió la búsqueda humana, y ellos se pusieron en camino. Hay un texto muy iluminador en el libro del Apocalipsis. Lo citamos muchas veces:  “Estoy a la puerta y llamo”. Es Él quien viene a la puerta de nuestro corazón y llama; suya es la iniciativa amorosa para buscarnos. Sin embargo el texto añade: “si alguien me abre, entraré y cenaré con él” (Ap 3,20). A la iniciativa divina debe corresponder nuestra libre respuesta, y entonces responsable.

Toda la Sagrada Escritura está atravesada por esta verdad, a saber: Dios no nos considera sencillamente como “destinatarios” de su acción, sino como interlocutores y cooperadores, de modo que la acción divina, nunca anula la acción humana, sino que la motiva y la impulsa