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La inmigración; En búsqueda de un sueño en medio de la pesadilla.Autor: Jaime Santiago. Fuente: www.mensajespanyvida.org A menudo las noticias nos relatan historias sobre muchas personas en diversas partes del planeta que se arriesgan por salir de su tierra en busca de mejorar sus condiciones de vida. Estas condiciones no son solo económicas sino que también tienen que ver con la seguridad y están enmarcadas en la construcción de un mejor futuro familiar. La inmigración nos deja varios puntos para analizar en la problemática familiar, trataremos de analizar brevemente dos que hemos considerado importantes.
Los que se quedan y los que se van; Cuando un inmigrante sale de su tierra, deja una familia partida, disgregada, cuyos lazos de unión son solo recuerdos que cada uno lo maneja con nostalgia. Pero esta familia que se queda necesita un trato diferente, los hijos, esposas de los que se fueron son personas proclives a vivir de un recuerdo noticioso o telefónico, la ayuda de estas personas debe ser una prioridad dentro de las organizaciones sociales, grupos de apoyo, etc. Más aún si los que se quedan son solo hijos al cuidado de abuelos. En Ecuador existe una palpable realidad de ciudades solas, en los que solo se pueden encontrar niños y viejos, en mucho de los casos las remesas económicas dan ciertas comodidades, pero no seria mejor un sistema de educación que se adecue a estas personas? , ellos también son el presente de la patria, el futuro de una nación esta en todo su pueblo, un niño que no se críe con sus padres y no tenga claro el concepto básico de familia sin duda tendrá menos posibilidades de alcanzar mejores condiciones morales y sociales.
Si estamos concientes de la importancia dela familia como base moral de la sociedad, debemos volver nuestros ojos a estas familias para apoyarlas y mas que nada con nuestras vivencias convencerlos de lo importante de que es el tener presente la estructura de un núcleo familiar aunque sea a distancia, como católicos debemos acoger a estas personas como parte de nuestras familias, integrarlas a nuestras actividades, hacer que sus vidas también sean parte de la nuestra. Y de manera similar con los que se han ido, esperamos que donde hayan decidido ir, encuentren familias que los acojan, los hagan parte de ellos y que así se siga nutriendo la gran familia que debemos ser los bautizados y no bautizados.
Hace unas semanas escuche el testimonio de una persona que tenia su esposo lejos de su país, ella se había quedado sola, pero como buena cristiana sabia que la única manera de estar siempre a pesar de la distancia sin que suene trillado es solo por medios de los lazos de amor que solo vienen de Dios, y el amor más sorprendente de Dios con los hombres es ese Pacto de esperanza reflejada en la eucaristía.
Esa persona recibía a Cristo mediante la eucaristía y su esposo hacia lo mismo en otro lado del mundo, se sentían juntos a través de saber que Dios estaba dentro de ellos, y mantenían su vida católica activa. Recibamos a Cristo en la eucaristía y ayudemos a los que se quedaron y los que se fueron, recordemos que el también esta en ellos.
[Inicio] ¿Jesús era un "feminista"?P. Sergio A. Córdova Hoy en día se habla mucho de feminismo. En la década de los años sesenta se dio un “boom” al movimiento feminista, y los slogans en favor de la “liberación de la mujer” se han regado como pólvora en todas partes hasta el día de hoy. Ciertamente, hablar de la promoción de la mujer y defender su desarrollo y el valor de su dignidad es un gran avance. Sin embargo, no todos estos movimientos feministas han ido en una línea correcta de pensamiento, desafortunadamente, pues mientras hablan de “promover a la mujer y su dignidad”, la esclavizan bajo el poder de otras tiranías, tal vez peores. Los tan cacareados “derechos de la mujer” desembocan en el atropello de la dignidad sacrosanta del amor humano, del matrimonio y de la vida de los no-nacidos, ya que esos supuestos “derechos” propugnan el libertinaje sexual, la posibilidad de recurrir impune y tranquilamente al aborto y a los medios anticonceptivos –si a la mujer así le place–, y al comercio más bajo del propio cuerpo en ara de pasiones sensuales y deshonestas. ¡Ah, eso sí!: ahora las mujeres son más “libres” que antes. Libres, ¿para qué? ¿A eso llaman “libertad y dignidad”? Es sabido que en el mundo antiguo –sobre todo en el Medio Oriente– la mujer no contaba, y valía lo mismo que un objeto o un animal de carga –y esto dicho sea con todo respeto, pues así era en la práctica–. Es más, hoy en día, en muchos países todavía es “usada” por el hombre como si se tratara de una posesión o de una simple “mercancía” del varón. La Sagrada Escritura nos presenta hoy un célebre elogio de la mujer, recogido en el libro de los Proverbios: “Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella y no le faltan riquezas. Le trae ganancias todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso y sostiene la rueca con la palma. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza”. Aunque es bello este elogio, tiene un defecto, que no depende obviamente de la Biblia, sino de la época en que fue escrito y de la cultura que refleja; y es que la mujer está enteramente en función del hombre. La conclusión sería: dichoso el hombre que tiene una mujer así. No creo que muchas mujeres de hoy se sentirían demasiado contentas con este elogio... Pero, para conocer el verdadero y definitivo pensamiento de la Biblia sobre la mujer, necesitamos ver el comportamiento de Jesús. ¿Era Jesús un feminista? Depende del tipo de feminismo del que hablemos. Del descrito al inicio, ciertamente no. Porque ése es sólo una excusa ideológica para tratar de encubrir y de justificar atropellos morales peores que los abusos que se pretenden corregir. Pero Jesús fue, sin duda alguna, un grandísimo defensor de la dignidad de la mujer, de sus auténticos derechos –de aquellos que realmente dignifican su ser–, y trató a la mujer con un profundísimo respeto y veneración. Jesús fue un “revolucionario” de su tiempo en materia de feminismo; del verdadero feminismo, del que eleva y ennoblece a la mujer. Y para darnos cuenta de esto, basta abrir las páginas del Evangelio, y ver cómo trata Jesús a las mujeres: a María Magdalena, a la samaritana, a la adúltera, a la pecadora pública, a Marta y María, a la viuda de Naín, a las mujeres que le seguían durante su ministerio público; y, en fin, a tantísimas mujeres que trató a lo largo de su vida. Siempre con el mismo respeto, dignidad, condescendencia y aprecio sincero. Más aún, con un amor puro, generoso y desinteresado. En nuestros días, el Papa Juan Pablo II es el máximo defensor de la causa de la mujer y el más auténtico promotor de su dignidad. En sus diversas encíclicas y en su abundante doctrina habla constantemente del “genio femenino”: de sus más nobles cualidades humanas, morales y espirituales, capaces de enriquecer al ser humano en su integridad, de conservar la belleza y grandeza del amor, la piedad, la espiritualidad; de promover la paz, la justicia, la comprensión, el desarrollo de todos los hombres, sobre todo de los más pobres y necesitados. El mundo y la Iglesia, sin el rostro y el corazón de la mujer, sería un mundo frío y sin alma. Y el Papa se expresa así de la mujer porque la contempla en el rostro y en el corazón de María Santísima, la “Mujer” por antonomasia. Por eso, todo su pontificado está en estas palabras de su lema: “Totus tuus, Maria, ego sum”, “Todo tuyo, María, yo soy”.
[Inicio] En favor del verdadero matrimonioNota del Comité Ejecutivo 1. El pasado 29 de junio, el Congreso de los Diputados votó favorablemente una proposición no de Ley del Partido Socialista que solicita la equiparación legal plena de las uniones de personas del mismo sexo con el verdadero matrimonio. El Gobierno, por medio del Ministro de Justicia, se apresuró a anunciar que en septiembre remitirá a la Cámara un proyecto de Ley en este mismo sentido y que confía en que el llamado matrimonio homosexual sea posible legalmente ya para comienzos del año próximo. También se votaron varias proposiciones de Ley que legitimarían las uniones homosexuales de diversos modos.
2. Las personas homosexuales, como todos, están dotadas de la dignidad inalienable que corresponde a cada ser humano. No es en modo alguno aceptable que se las menosprecie, maltrate o discrimine. Es evidente que, en cuanto personas, tienen en la sociedad los mismos derechos que cualquier ciudadano y, en cuanto cristianos, están llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia. Condenamos una vez más las expresiones o los comportamientos que lesionan la dignidad de estas personas y sus derechos; y llamamos de nuevo a los católicos a respetarlas y a acogerlas como corresponde a una caridad verdadera y coherente.
3. Con todo, ante la inusitada innovación legal anunciada, tenemos el deber de recordar también algo tan obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído más que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas. El Estado, por su parte, no puede reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo arbitrario que excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy seriamente, el bien común. Las razones que avalan estas proposiciones son de orden antropológico, social y jurídico. Las repasamos sucintamente, siguiendo de cerca las recientes orientaciones del Papa a este respecto[1].
4. a) Los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica de la diferencia sexual y de la vocación al amor que nace de ella, abierta a la fecundidad. Este conjunto de significados personales hace de la unión corporal del varón y de la mujer en el matrimonio la expresión de un amor por el que se entregan mutuamente de tal modo, que esa donación recíproca llega a constituir una auténtica comunión de personas, la cual, al tiempo que plenifica sus existencias, es el lugar digno para la acogida de nuevas vidas personales. En cambio, las relaciones homosexuales, al no expresar el valor antropológico de la diferencia sexual, no realizan la complementariedad de los sexos, ni pueden engendrar nuevos hijos. A veces se arguye en contra de estas afirmaciones que la sexualidad puede ir hoy separada de la procreación y que, de hecho, así sucede gracias a las técnicas que, por una parte, permiten el control de la fecundidad y, por otra, hacen posible la fecundación en los laboratorios. Sin embargo, será necesario reconocer que estas posibilidades técnicas no pueden ser consideradas como sustitutivo válido de las relaciones personales íntegras que constituyen la rica realidad antropológica del verdadero matrimonio. La tecnificación deshumanizadora de la vida no es un factor de verdadero progreso en la configuración de las relaciones conyugales, de filiación y de fraternidad. El bien superior de los niños exige, por supuesto, que no sean encargados a los laboratorios, pero tampoco adoptados por uniones de personas del mismo sexo. No podrán encontrar en estas uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio, el único ámbito donde, como Juan Pablo II ha recordado recientemente al Embajador de España ante la Santa Sede, las palabras padre y madre pueden “decirse con gozo y sin engaño”. No hay razones antropológicas ni éticas que permitan hacer experimentos con algo tan fundamental como es el derecho de los niños a conocer a su padre y a su madre y a vivir con ellos, o, en su caso, a contar al menos con un padre y una madre adoptivos, capaces de representar la polaridad sexual conyugal. La figura del padre y de la madre es fundamental para la neta identificación sexual de la persona. Ningún estudio ha puesto fehacientemente en cuestión estas evidencias. b) La relevancia del único verdadero matrimonio para la vida de los pueblos es tal, que difícilmente se pueden encontrar razones sociales más poderosas que las que obligan al Estado a su reconocimiento, tutela y promoción. Se trata, en efecto, de una institución más primordial que el Estado mismo, inscrita en la naturaleza de la persona como ser social. La historia universal lo confirma: ninguna sociedad ha dado a las relaciones homosexuales el reconocimiento jurídico de la institución matrimonial. El matrimonio, en cuanto expresión institucional del amor de los cónyuges, que se realizan a sí mismos como personas y que engendran y educan a sus hijos, es la base insustituible del crecimiento y de la estabilidad de la sociedad. No puede haber verdadera justicia y solidaridad si las familias, basadas en el matrimonio, se debilitan como hogar de ciudadanos de humanidad bien formada. Si el Estado procede a dar curso legal a un supuesto matrimonio entre personas del mismo sexo, la institución matrimonial quedará seriamente afectada. Fabricar moneda falsa es devaluar la moneda verdadera y poner en peligro todo el sistema económico. De igual manera, equiparar las uniones homosexuales a los verdaderos matrimonios, es introducir un peligroso factor de disolución de la institución matrimonial y, con ella, del justo orden social. Se dice que el Estado tendría la obligación de eliminar la secular discriminación que los homosexuales han padecido por no poder acceder al matrimonio. Es, ciertamente, necesario proteger a los ciudadanos contra toda discriminación injusta. Pero es igualmente necesario proteger a la sociedad de las pretensiones injustas de los grupos o de los individuos. No es justo que dos personas del mismo sexo pretendan casarse. Que las leyes lo impidan no supone discriminación alguna. En cambio, sí sería injusto y discriminatorio que el verdadero matrimonio fuera tratado igual que una unión de personas del mismo sexo, que ni tiene ni puede tener el mismo significado social. Conviene notar que, entre otras cosas, la discriminación del matrimonio en nada ayudará a superar la honda crisis demográfica que padecemos. c) Se alegan también razones de tipo jurídico para la creación de la ficción legal del matrimonio entre personas del mismo sexo. Se dice que ésta sería la única forma de evitar que no pudieran disfrutar de ciertos derechos que les corresponden en cuanto ciudadanos. En realidad, lo justo es que acudan al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. En cambio, se debe pensar en los efectos de una legislación que abre la puerta a la idea de que el matrimonio entre un varón y una mujer sería sólo uno de los matrimonios posibles, en igualdad de derechos con otros tipos de matrimonio. La influencia pedagógica sobre las mentes de las personas y las limitaciones, incluso jurídicas, de sus libertades que podrán suscitarse serán sin duda muy negativas. ¿Será posible seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y educando a los hijos de acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean conculcado su derecho a hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario a la razón? ¿No se acabará tratando de imponer a todos por la pura fuerza de la ley una visión de las cosas contraria a la verdad del matrimonio?
5. Pensamos, pues, que el reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales y, más aún, su equiparación con el matrimonio, constituiría un error y una injusticia de muy negativas consecuencias para el bien común y el futuro de la sociedad. Naturalmente, sólo la autoridad legítima tiene la potestad de establecer las normas para la regulación de la vida social. Pero también es evidente que todos podemos y debemos colaborar con la exposición de las ideas y con el ejercicio de actuaciones razonables a que tales normas respondan a los principios de la justicia y contribuyan realmente a la consecución del bien común. Invitamos, pues, a todos, en especial a los católicos, a hacer todo lo que legítimamente se encuentre en sus manos en nuestro sistema democrático para que las leyes de nuestro País resulten favorables al único verdadero matrimonio. En particular, ante la situación en la que nos encontramos, “el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley”[2] que pretenda legalizar las uniones homosexuales.
6. La institución matrimonial, con toda la belleza propia del verdadero amor humano, fuerte y fértil, también en medio de sus fragilidades, es muy estimada por todos los pueblos. Es una realidad humana que responde al plan creador de Dios y que, para los bautizados, es sacramento de la gracia de Cristo, el esposo fiel que ha dado su vida por la Iglesia, haciendo de ella una madre feliz y fecunda de muchos hijos. Precisamente por eso, la Iglesia reconoce el valor sagrado de todo matrimonio verdadero, también del que contraen quienes no profesan nuestra fe. Junto con muchas personas de ideologías y de culturas muy diversas, estamos empeñados en fortalecer la institución matrimonial, ante todo, ofreciendo a los jóvenes ejemplos que seguir e impulsos que secundar. En este proyecto de una civilización del amor las personas homosexuales serán respetadas y acogidas con amor. Invocamos para todos la bendición de Dios y la ayuda de Santa María y de San José.
-------------------------------------------------------------------------------- [1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales (3 de junio de 2003), Ecclesia 3165/66, 9 y 16 de agosto de 2003, 1236-1239. [2]
Congregación para la Doctrina de la Fe, lugar citado, 10.
[Inicio] DICIENDO UN “SI” A LA VIDAPadre Marcelo Rivas Sánchez del 18 al 24 de julio 2004 Por
todas partes se oye y se siente el deseo de vivir y la vida, cada
mañana, despunta, basta con observar una salida de sol muy
tempranito por la Perimetral. ¡Algo espectacular! De esta
vida que se observa y se nota desde Lisboa, ciudad del fútbol
en la Eurocopa 2004. Allí los mejores de Europa se han dado
cita y la fanaticada se concentra para apoyar y gritar a sus equipos.
Todo es una fiesta, una emoción y un despertar a ganador.
El colorido y la presencia de muchos jóvenes demuestran el
ánimo, la fuerza y la capacidad de la celebración.
Aquí en Venezuela y de forma especial en Cumaná, de alguna manera, nos identificamos con el fútbol, pues el Pequeño Rondón, nativo de nuestro terruño, haces de las suyas en la oncena de la VINOTINTO. Es una alegría que compartimos con Europa y con Portugal la fiesta del balón pie, pues en un futuro, nuestro Pequeño, puede estar en esos escenarios y con el favor de Dios nuestro equipo venezolano en el Mundial 2006.
Vida y más vida. Pero como espectador he notado grandes cosas en medio de esas tribunas y escenarios futbolísticos del hermoso país de Portugal. Un Portugal lleno de fe y cordialidad. De fe por la Virgen de Fátima y de Cordialidad por la paz y tranquilidad que un Figo nos hace descubrir en todos los portugueses o “portus” que dignamente están en nuestro estado. De esta vida que fluye, grita, se emociona, llora, salta y queda rendida en el cansancio de un final de jornada yo les quiero hablar.
Con mucha preocupación, en el panorama mundial, oímos lo horroroso de la guerra y la muerte de miles y miles de inocentes; lo trágico de las manos largas y libres de la delincuencia; la embestida furibunda del secuestro y el silencio cómplice de las autoridades. Todo esto, fuera y dentro, me hacen gritar ¡SI A LA VIDA. NO A LA MUERTE!
Los hooligans, que son los fanáticos empedernidos del equipo Inglés hicieron destrozos con violencia en el escenario del fútbol europeo y de inmediato su Primer ministro repudió y pidió castigo severo para los trasgresores. Al otro día un miembro del equipo fue a un hospital de Lisboa a repartir regalos a niños enfermos y su héroe Wayne Rooney, de 18 años, esperanza inglesa en el concierto mundial, les decía con dos goles frente a Croacia, que la fuerza no está en la violencia sino en la fuerza de hacer las cosas bien y hacerlas por amor.
A esto se une aquello de “gloria al vencedor. Honor al perdido” Para mí, en particular, es una maravilla las palabras del Director Técnico del equipo de Croacia, Otto Baric, quien de forma clara y sincera expresó: “Tuvimos muchos problemas en defensa para controlar a Rooney. Fueron mejores” Palabras muy importantes a favor del reconocimiento del otro equipo. Interesante, porque nos dan a conocer que hay que saber reconocer y no quedarse con al derrota, sino continuar esforzándose por continuar. Los croatas se fueron a sus casas y lo hicieron con dignidad. Ellos habían echo el mejor esfuerzo, pero hubo otro que lo hizo mejor.
Yo, en este momento, muy difícil para Venezuela, apuesto a la vida y digo un ¡SI! Para que todos busquemos el triunfo de poder entregarnos en unidad por el bien de todos. La vida es lo mejor. Sin Dios nada. Con Dios todo.
[Inicio] La dignidad del cuerpo humanoAutor: Alfonso López Quintás, es.catholic.net
El uso del verbo tener es adecuado para expresar relaciones de posesión, que sólo tienen sentido respecto a objetos. Yo puedo tener un ordenador, una finca, una casa, un traje... Pero no tengo cuerpo; soy corpóreo. Si queremos descubrir el abismo que media entre ambas expresiones, debemos afinar la sensibilidad para adivinar el modo de ser de las realidades que parecen objetos pero superan la condición de tales. Sólo así conseguiremos cambiar la mentalidad “objetivista” por otra “relacional”.
Para realizar este giro, debemos tener en cuenta que nuestra vida personal consiste básicamente en convertir las realidades cerradas en realidades abiertas. Esta actividad suscita una serie admirable de transfiguraciones. 1. Cerrado es un objeto que está ahí sin tener relación alguna conmigo. Por ejemplo, una tabla cuadrada que veo en el taller de un carpintero. Si pinto en ella cuadraditos en blanco y negro, convierto la tabla en tablero. He aquí la primera transfiguración. La tabla se convierte en realidad abierta porque me ofrece posibilidades para jugar en ella al ajedrez o a las damas. El tablero tiene un rango superior a la tabla. Es una realidad que se abre a nosotros y nos ofrece posibilidades para hacer juego: crear jugadas, tender a una meta, ejercitar la imaginación. Por ser una realidad abierta y abarcar cierto campo, vamos a llamarle ámbito de realidad, o sencillamente ámbito. Con la tabla puedo hacer lo que quiero: venderla, canjearla, manejarla a mi antojo, porque es una realidad delimitable, pesable, agarrable, situable en un lugar o en otro. Con el tablero en cuanto tal, es decir, en cuanto estoy jugando en él un determinado juego, no debo actuar arbitrariamente: he de respetar las normas que dicta el reglamento. Si convenimos en que la tabla como objeto pertenece al nivel 1, el tablero –como campo de juego- pertenece al nivel 2. Ya hemos descubierto dos tipos de realidades –objetos y ámbitos- y dos actitudes distintas respecto a ellas: la de simple manejo y la de colaboración respetuosa. 2. Un fajo de papel pautado que está en una papelería es un objeto. Si lo compro y escribo en él una composición musical, transformo el fajo de papel en una partitura, y lo elevo del nivel 1 al nivel 2. El fajo de papel es mío, lo poseo, puedo utilizarlo para cualquier fin: escribir en él, abanicarme, encender una estufa. Pertenece al nivel 1. La partitura no es algo pasivo respecto a quien sabe leer el lenguaje musical; toma iniciativa y me revela una obra y me guía en la tarea de interpretarla. Como fajo de papel, la poseo y la pongo a mi servicio; en cuanto partitura, debo respetarla al máximo, colaborar con ella, serle fiel, ajustar mi acción a las normas que ella me impone. Estamos en el nivel 2. Otra vez nos encontramos con dos realidades de distinto rango y dos actitudes diferentes por nuestra parte. 3. Demos un paso adelante en nuestro camino de transfiguraciones. Me habla alguien de un poema que figura en un libro. Es algo que está ahí; sé que es una obra literaria, pero no me preocupo de asumir las posibilidades que me ofrece y darle vida; lo tomo como una realidad más de mi entorno, y lo sitúo al lado de las mesas, las plumas, el ordenador, los libros que llenan los anaqueles de mi biblioteca... El poema lo considero en este momento casi como un objeto, una realidad que está en mi entorno pero no se relaciona conmigo activamente, ni yo con él. Se halla a mi lado, como si fuera una realidad cerrada, un objeto. Pero un día abro el libro y aprendo el poema de memoria, “de corazón” –como dicen expresivamente los franceses-; es decir, asumo activamente las posibilidades estéticas que alberga y lo declamo creativamente, dándole el tipo de vida que el autor quiso otorgarle. En ese momento, el poema actúa sobre mí, me nutre espiritualmente, y yo configuro el poema, le doy el ritmo debido, le otorgo vibración humana, lo doto de un cuerpo sonoro. Esa experiencia de declamación no es meramente “lineal”, no actúo yo solo; es reversible, bidireccional, porque ambos nos influimos mutuamente: El poema influye sobre mí y yo sobre el poema. Antes de entrar en relación con él, el poema era distinto de mí, distante, externo, extraño, ajeno. Al asumir sus posibilidades estéticas y declamarlo, el poema se me vuelve íntimo, sin dejar de ser distinto, pues nada hay más íntimo a nosotros que aquello que nos impulsa a actuar y da sentido a nuestra actividad. De esta forma, el poema deja de estar fuera de mi, en un lugar exterior a mí. Él y yo formamos un mismo campo de juego. En eso consiste ser íntimos. La unión de intimidad sólo es posible en el nivel 2, el de la creatividad. Esta transformación de lo externo, extraño y ajeno en íntimo da lugar a una forma eminente de unión. Ningún tipo de unión con un objeto alcanza el carácter entrañable que adquirimos al formar un campo de juego con una realidad abierta, que nos ofrece posibilidades creativas. Al asumir fielmente las posibilidades que me ofrece un poema, me atengo a él, le soy fiel, lo tomo como una norma que me guía, y justamente entonces me siento inmensamente libre, libre para crearlo de nuevo, darle vida, llevarlo al grado máximo de expresividad. Fijémonos qué modo tan fecundo de transfiguración se opera aquí: libertad y norma son entendidas de modo tan profundo que dejan de oponerse entre sí para complementarse fecundamente. En el nivel 2, la libertad que cuenta es la libertad creativa; la norma que nos interesa es la que procede de alguien que tiene, no tanto mando, cuanto autoridad, es decir, capacidad de promocionar nuestra vida en algún aspecto. Un declamador literario, un intérprete musical, un actor de teatro... se sienten tanto más libres cuanto más fieles son a los textos y a las partituras. Cuando actuamos creativamente, es decir, cuando asumimos de forma activa las posibilidades que nos da una obra –literaria, musical, coreográfica, teatral...- convertimos el dilema “libertad-norma” en un contraste enriquecedor. La relación sumisa de la libertad con la norma se transforma en una relación de liberación y enriquecimiento: la norma, asumida como una fuente fecunda de posibilidades, me libera del apego a mi capricho, al afán de hacer lo que me apetezca; amengua, con ello, mi libertad de maniobra pero incrementa mi libertad interior o libertad creativa, libertad para crecer como persona asumiendo normas enriquecedoras. Como vemos, las exigencias que plantean las realidades que tratamos se hacen mayores en cuanto las elevamos de rango. Pero, en la misma medida, enriquecen nuestra vida. Y la enriquecen porque podemos “encontrarnos” con ellas. Un objeto lo puedo tocar, agarrar, manejar, comprar o vender; lo que no puedo es encontrarme con él. Y del encuentro depende la riqueza de mi vida, según nos enseñan la Biología y la Antropología actuales más cualificadas (1) . El encuentro puede darse entre una persona y un poema, una canción, el lenguaje, una obra literaria, un paisaje... Estas formas de encuentro encierran un gran valor. Pero el valor supremo lo ostenta el encuentro cuando es realizado por dos seres personales, pues las experiencias reversibles adquieren un grado especial de excelencia cuando se realizan entre realidades que gozan de un poder de iniciativa privilegiado en el universo.
Una persona, por ser corpórea, puede ser agarrada, medida, pesada, movida de un lugar a otro, incluso zarandeada. Pero el cuerpo no es un objeto, aunque lo parezca a primera vista; supera inmensamente la condición de objeto –nivel 1- porque es el medio expresivo de toda la persona –nivel 2- Merece el mismo respeto que la persona, pues se halla en el nivel 2. Te doy la mano para saludarte, y en ese gesto vibra toda mi persona. No son dos manos las que se saludan; son dos personas que se van al encuentro. No hay objeto en el mundo, ni el más preciado, que sea el lugar de vibración de un ser personal, con sus recuerdos, sus afectos, sus proyectos de vida. De forma semejante, si te digo una broma y te sonríes, es toda tu persona la que me expresa su complacencia. Para sonreír, hay que mover ciertos músculos de la cara de una determinada forma. Pero la sonrisa no se reduce a esa suma de movimientos faciales; brota de dentro afuera; es gestada en la interioridad de la persona. De la actitud veraz o falaz de ésta depende que el cuerpo ejerza, respectivamente, un papel mediador entre las personas o mediatizador. La persona sincera se nos hace presente en el vehículo expresivo de su cuerpo. La persona mendaz convierte su cuerpo en un elemento opaco que se interpone entre ella y los demás. La consideración del cuerpo de cada ser humano como una fuente de posibilidades creativas de toda la persona opera una verdadera transfiguración en nuestra mente y en nuestra actitud. Por el contrario, si al tratar a una persona sólo tomo en consideración su cuerpo y la reduzco a medio para mis fines, la envilezco, le hago injusticia, soy violento con ella, pues la rebajo de rango, la sitúo en el nivel 1. Con ello, se depaupera nuestra vida personal, nuestra capacidad de enriquecernos, en diversos aspectos, al relacionarnos. La recta consideración del cuerpo es una clave para entender adecuadamente los diversos aspectos de nuestra vida personal. El sentido del amor. El amor conyugal es sumamente fecundo cuando vincula el nivel 1 de la mera apetencia con el nivel 2 de la entrega personal. Se empobrece y corrompe si lo situamos en el nivel 1 y lo reducimos a una mera fuente de gratificaciones sensibles y psicológicas, amenguando así al máximo su capacidad creativa. El largo alcance del pudor. Visto el cuerpo humano en el nivel 1, tenemos la impresión de que todas sus formas son iguales y merecen el mismo trato. El pudor parece carecer de sentido y es interpretado como signo de una actitud pacata. Si se contempla el cuerpo, en el nivel 2, como expresión viva de las relaciones personales, cada una de sus partes adquiere un sentido peculiar. Crear un campo de juego amoroso con una persona significa crear un espacio de intimidad. Todo acto de verdadero amor crea intimidad y exige intimidad. Lo que en él acontece lo saben y comprenden de veras sólo quienes lo realizan. Los que lo contemplan desde fuera tienden a “objetivizarlo”, a reducirlo a pasto erótico, bajarlo de nivel, envilecerlo. Exponerlo a ese tipo de miradas externas carece de sentido, es literalmente insensato. Mantenerlo en la atmósfera de intimidad que él mismo crea es la tarea del pudor. La vista es, después del tacto, el sentido más posesivo; viene a ser como tocar a distancia. En buena medida, dejarse ver es dejarse poseer. Esta actitud servil lesiona gravemente nuestra dignidad. Bien entendido, el pudor no refleja una actitud ñoña, propia de personas insensibles al encanto de la comunicación. Es la única forma realista de hacer justicia a la condición bifronte del cuerpo, a su capacidad enigmática de moverse, a la par, en dos niveles: el 1 y el 2. Esa fidelidad al rango propio del cuerpo constituye al pudor en garante y salvaguardia de la dignidad humana. El cuerpo no es algo disponible. Sólo podemos disponer de las realidades que son objetos (nivel 1). Nuestro cuerpo ofrece flanco para que podamos manejarlo a modo de objeto, pero, al ser conscientes de su carácter bifronte, tendemos a respetar su enigmática vinculación al espíritu y a los valores, y a colaborar con él en la gran empresa de desarrollarnos plenamente como personas. Esa misma actitud creativa hemos de adoptarla con el cuerpo de las demás personas. Si lo tomo como un medio para mis fines egoístas –por ejemplo, eróticos-, oigo una voz interior que –mediante el lenguaje de la desazón- me amonesta de esta forma: “No abuses de mí, que no estoy llamado a ser instrumento de tus caprichos, sino expresión viva de tu intimidad personal con los demás. Si no la tienes, no pongas en juego las fuentes de la vida”. Alfonso
López Quintas, O. de M.
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