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Autor: Padre Jordi Rivero.
Fuente: www.corazones.org

El amor a sí mismo es bueno cuando consiste en la afirmación de la identidad que Dios nos ha dado: somos hijos de Dios, creados para darnos amorosamente al Padre y a nuestros hermanos. Al descubrir quienes somos ante Dios, nuestro corazón se debe elevar en alabanza y acción de gracias; valoramos nuestra dignidad humana, desarrollamos nuestra vocación y todo lo evaluamos y empleamos según su fin últimos que es darle gloria a Dios. "Todo para mayor gloria de Dios"- decía San Ignacio de Loyola

El falso amor propio, por el contrario, conduce a la persona a centrarse en si misma y apartarse de Dios. Constituye por tanto una grave distorsión de la realidad.

Por la concupiscencia, el hombre tiende hacia hacia un amor propio desenfrenado y enfermizo, fuera del orden de Dios. Por ese amor propio nos colocamos en primer lugar, por encima de Dios y del prójimo. El falso amor propio es la raíz de todo pecado porque se opone al fundamento principal de la ley de Dios que es: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente." Mateo 22,37. Por el amor propio nos ponemos en el lugar que le corresponde solo a Dios. ¡Que gran engaño! Y es lo mas común.

Algunas manifestaciones del amor propio pecaminoso:

Lo vemos todo en relación a nuestro interés. Buscamos primero complacernos a nosotros mismos, antes que a los demás.

Nuestro hablar, en su mayoría, tiene como fin atraer la atención hacia nosotros mismos. Alardeamos de nuestras supuestas capacidades y virtudes. Hacemos lucir mal al prójimo por considerarlo inferior a nosotros.

Nos quejamos ante Dios por no haber recibido lo que merecemos en la vida, en las relaciones, en el trabajo. Caemos en la auto conmiseración. Exageramos nuestras cargas y dificultades y no vemos las del prójimo. Pensamos que merecemos mas atención.

Pensamos mas en lo vano y pasajero: comodidad, apariencias, fama, salud.

Para vencer el falso amor propio debemos aplicar la virtud contraria: Ser siervos humildes.

De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» Lucas 17,10

El hombre encuentra su identidad cuando "no busca su interés" (1 Cor 13,5; Cf. Flp 2,21).

El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. -Juan 12,25

Pensar primero en Dios y en los demás, como complacerlos.

Valorar lo que otros hacen y sufren

Hablar solo para edificar, con humildad; no criticar.

Apreciar el valor redentivo del sufrimiento y ser agradecidos al Señor.

Actuar con disciplina, sacrificio y orden imitando a Jesús, María y los santos.

Fuente: www.mensajespanyvida.org
Autor: RAUL HASBUN

Como el silencio, como el colesterol, como el éxito, también el frío puede ser bueno o malo. La frigorización permite conservar alimentos y medicamentos y da sabor a ciertas bebidas. Una ducha fría es tonificante. La sangre fría y la cabeza fría suelen ser la clave de imponentes hazañas.

Pero también el frío mata. De hecho, es señal verificadora de la muerte del cuerpo. Los cuerpos necesitan una temperatura mínima para sobrevivir. Las almas también: incluso más que los cuerpos. Cuando el alma no recibe su cuota de calor fecundante y nutriente, el alma se enferma y muere, arrastrando en su caída al cuerpo.

Tal parece ser el mensaje de una película que por estos días glaciales concita la atracción de muchos: "El día después de mañana". Una civilización construida sobre la frialdad tecnológica, que prioriza el contacto a través de máquinas y reduce el corazón y calor humanos a su mínima valoración, amenaza proyectarse en la realidad física: corazones glaciales generan un universo glacial, un cosmos que se muere de frío.

Es una película, una parábola. Vale la pena interrogarse sobre el mensaje. ¿Hay, entre nosotros, señales de enfriamiento que recomienden cautela preventiva? ¿No estaremos acostumbrándonos a hablar con frialdad de la guerra, y con la misma frialdad presenciar la muerte violenta y cruenta de seres humanos? ¿No son fríos los modos y conceptos con que discurrimos sobre el comienzo de la vida humana, como si se tratara de una simple cuestión molecular o celular, o de una invasiva intrusión de un extraño en el útero de una mujer libre? Fríamente exponemos cifras y trazamos diagramas y proyecciones sobre el desempleo, minimizando su realidad de calamidad social y de afrenta a la dignidad de un trabajador. Con la misma frialdad notificamos a alguien de que ya no tiene empleo. A la vida familiar y social la estamos vaciando de calor y signos afectivos, sustituyéndolos por frías compensaciones efectivas. Olvidamos que la palabra "hogar" viene precisamente de fuego: es el calor que convoca, acerca y conforta.

Es cierto: solemos ser cálidos y generosos en remediar el frío de indigentes y damnificados. Cumplimiento de un deber que no nos dispensa de cultivar ese calor vital, humano y divino, llamado a impregnar toda relación nuestra con el hombre y con Dios.

La primera página de la Biblia nos muestra al Espíritu que incuba, con su calor vivificante, el caos, vacío y tiniebla que preceden a la Creación. Ese mismo Espíritu, hálito divino, hará del barro frío un Hombre, imagen e hijo de Dios. Espíritu y calor, Espíritu y fuego hacen posible la vida. Comprendemos mejor la afirmación y misión de Cristo: "He venido a poner fuego en la tierra, y deseo que arda".

Esa llama sagrada es signo y fruto del amor. Dios es amor. La frialdad de la tierra es un grito de alerta ante la ausencia de Dios. La Tierra y el Hombre viven del Espíritu y del Fuego. ¿Cómo asegurar su presencia en nuestro corazón? Sabemos que Cristo posee el Espíritu sin medida, y lo ha prometido a quienes lo pidan y se dispongan a recibirlo. Cristo es pasión, es Fuego creador y restaurador. Hay diversos caminos para asegurar que Cristo nos comunique su Espíritu y su Fuego. San Efrén nos revela uno: "Cristo llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu. Quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu".

La tecnología ha inventado máquinas para calentar la cama y los pies. La fe eucarística. y la familia en el hogar están llamadas a recrear el calor del corazón.


 

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