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Perder el tiempo con los hijos
Autor:Fernando
Pascual, La vida moderna nos ha llenado de ocupaciones y de “necesidades”. Tenemos que estudiar, trabajar, leer la prensa, ver la televisión, hablar con los amigos, ir al bar o al club, comer aquí, viajar allá... Algunos viven bajo la presión nueva y excitante de la computadora: hay que probar nuevos programas, “navegar” en Internet, estar al día con revistas de informática... Total, que no tenemos tiempo para casi nada, ni para cortarnos el pelo. A veces, ni para los hijos... Si nos miramos al espejo y somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que, cuando nos tocan el corazón, sacamos tiempo de debajo de las piedras. Más de una vez nos habrá ocurrido algo parecido a esta escena. Una hija le pide a su p: adre que le arregle la muñeca. Respuesta casi automática: “ahora no tengo tiempo, cariño”. De repente, suena el teléfono. Avisan que la abuela acaba de ser ingresada al hospital. Papá y mamá dejan todo, y... sacan tiempo. ¿Hemos de esperar a una emergencia para darnos cuenta de que podemos dejar de lado mucho de lo que hacemos para invertir el tiempo en algo más importante? En otras palabras, ¿no podríamos descubrir la urgencia de invertir tiempo, lo mejor de nuestro tiempo, en estar con nuestros hijos? Desde luego, cuando uno vuelve cansado del trabajo, no es que tenga muchas ganas de ponerse a gatas para jugar a carreras de coches con los niños, o que esté de humor para desenredar la trenza de la pequeña de casa, o que pueda sentarse al lado de quien no tiene ganas de estudiar para hablar en serio, “de hombre a hombre” o “de mujer a mujer”. No se trata de estar siempre con los niños. También los esposos deben planear sus momentos de descanso y de intimidad. Lo que sí es importante es dejar tiempos, invertir los mejores tiempos -en momentos claves del día, en los fines de semana, en las vacaciones- para los hijos. Y eso es posible. No hay que esperar a que un niño se ponga enfermo para dedicarle horas y días enteros, cuando antes casi nunca encontrábamos un buen tiempo para él. Una vez que hemos tomado la resolución de dedicar tiempo para lo más importante, para los hijos, aunque caigan los mejores culebrones de televisión o las copas de los sábados con los amigos, hay que dar un segundo paso: ¿en qué invertir ese tiempo? Es decir, ¿qué espera un hijo de sus padres? Los pedagogos nos darán muchos consejos válidos e interesantes, aunque no todos nos dirán lo mismo. Por nuestra parte, podríamos indicar que no es muy importante el qué, sino el cómo. Puedo estar tres horas con un hijo para resolver problemas de matemáticas, pero no darle el cariño que me pide. O puedo estar dos minutos con el pequeño que tiene miedo antes de dormir, y con un beso, un apretón de manos y un detalle -que van desde un dulce hasta un pequeño regalo para sus sueños infantiles- para que el niño sienta, de verdad, que su padre lo ama como nadie en el mundo. Muchas veces lo que más quiere el niño es poder hablar, expresarse, contar su vida. A veces sufre traumas en la escuela que no se atreve a descubrir en casa porque siempre papá y mamá “están muy ocupados”. El no manifestar algo serio puede llevar al niño a problemas psicológicos graves y muy dolorosos, que luego nos van a quitar tiempo y energías en consultas con pediatras, psicólogos, médicos... Bastaría con tener algún momento al día o varios momentos a la semana para que el niño cuente lo que le han enseñado, a qué ha jugado, quiénes son sus amigos, si hay algún maestro que lo trata mal, o si alguien en la escuela parece que lo “quiere demasiado”... Un padre y una madre que aman captarán en seguida los problemas que puedan darse, y podrán empezar a buscar soluciones que, en los problemas más graves, cuanto antes se tomen mejor. El juego también es un momento especial para entrar en el mundo de los niños. Nos quita mucho tiempo, y por eso no siempre es fácil bajar a las mil aventuras que los hijos viven, con una imaginación sin límites, cuando cogen una escoba, o una muñeca, o un avión en miniatura. Pero alguna vez a la semana, si no tenemos problemas de lumbago, hay que ponerse a gatas y jugar con el coche de carreras para ver quién gana, o sentarse todos juntos para dedicarnos, en familia, a las cartas o al parchís. También los niños parecen divertirse mucho cuando ven la televisión. Aquí hay que estar atentos a lo que ven en esa pantalla imprevisible. Cuando hay un solo televisor en casa, es fácil el control, pero a veces los padres permiten que los niños vean programas de adultos (que incluso no siempre convienen para los mismos esposos) que luego pueden dejar ideas muy equivocadas sobre la vida y la familia. En otros hogares los niños tienen televisión en el cuarto, pero la verdad es que así se corren riesgos muy altos. Por eso no hay que tener miedo a tomar una decisión radical: no dejar una televisión en el cuarto de los pequeños si no podemos estar seguros de que no van a ver nada que les pueda dañar. Al final, más de uno habrá pensado: muy bonito como teoría, pero... No hay “teoría” más revolucionaria que la que va acompañada de amor. Quizá hasta ahora no hemos sabido acompañar nuestro amor a los hijos con una reflexión profunda de lo importante que es dedicarles lo mejor de nuestro tiempo. Pero con amor, no sólo no nos faltará tiempo, sino que lo emplearemos a fondo, para el bien de unos hijos que lo merecen todo, aunque “perdamos” un poco de nuestro tiempo (que es, sobre todo, de ellos y para ellos). [Arriba] Virginidad y matrimonioCuando uno decide abordar temas cruciales a nivel religioso, no puede dejar de dar una visión de la realidad, porque así es la vida del católico, que flamea con su bandera de esperanza en medio del descreimiento y la vanidad. No es fácil profesar la fe, no lo es ahora y a decir verdad no lo fue en ninguna epóca. Pero es hermoso y eso no puede negarse; es sentir una felicidad interior que uno no puede explicar de donde surge sino de Dios. Con gran acierto, San Agustín decía que el que no ha tenido tribulaciones no ha comenzado a ser cristiano de verdad. Es difícil aceptar que en nuetra vida tenemos caídas y tentaciones que nos inclinan a pecar. Lo malo no solo es caer en ello, sino no tener conciencia de nuestros actos a tal punto de negarlo. Debemos entregar todo lo que podemos, con recta conciencia, hasta el punto de repetir la frase de San Héctor Valdivielso Saez (único santo argentino): "Dios no me pide más, doy lo que tengo". A continuación realizaré cuatro análisis para arribar finalmente a la respuesta que dio motivo de la nota: ¿Por qué llegar virgen al matrimonio?. ¿Cuál es la realidad? Es costumbre escuchar por estos tiempos que lo que esta de moda es el individualismo, vender imagenes de personajes, historias que llevan explicitamente una alta connotación sexual. En Argentina, ciertas revistas de espectaculos ya han publicado en sus portadas fotos de "modelos" desnudas. Era el camino proximo a abordar, no pueden existir limites que priven de mostrar lo que se quiere. El hombre es omnipotente, centro del mundo, y frente a su poder nada es imposible, todo esta permitido...¿es esta la realidad?. Bueno, es parte de ella, aunque no hay que asustarse porque detrás de los grandes excesos trabajan un millar de silenciosos hombres por el bien de la comunidad mundial. La esperanza descansa en la sombra, por lo bajo. Porque cuando George Bush (hijo) dicidió iniciar guerra contra Irak, en nombre de la paz mundial y sin la autorización de la O.N.U, fueron millones los que salieron a protestar, y muchos más los que pensamos cuantos intereses había de por medio. Y en esta realidad nos confundimos; nos venden distintos mundos; atropella lo "moderno" en una sociedad "civilizada". Sos jóven, vas el domingo a misa, y rezas cada noche, porque crees firmemente y fielmente en la Verdad, el Camino y la Vida. ¿Sos jóven?. "La violeta está escondida, pero se la reconoce y encuentra por su aroma"(San Juan Bosco). Sos jóven, te cuesta encontrar respuestas. Pero no es sino quien busca el que encuentra. Y estamos en el camino, con todas las fuerzas para creer. Virginidad. La Iglesia manda a decirnos que debemos llegar al matrimonio virgen. Y cuando nos dicen que aquello es una antiguedad o una cultura que sostenían nuestros antepasados, ello no es así; la Iglesia que fundo Cristo y que hoy, después de más de dos mil años sigue vigente y presente con sus aciertos y errores acuestas, sostiene la virginidad antes del matrimonio. Ya en los mandamientos que Dios dio a Moises en el monte Sinaí, se dice que no debemos cometer actos impuros. Sin tratar de hacer un estudio teológico sobre la cuestión podemos decir que la sexualidad es un don de Dios, que nos creo por amor, para que nos multiplicaramos y poblaramos toda la tierra. No para abusarnos y buscar en forma egoísta el propio placer. No hay que saltar etapas: todo a su tiempo... No virginidad. La realidad dice que muchos jóvenes católicos no son virgenes, e incluso cierto porcentaje de ellos ya tienen hijos antes del matrimonio; debieron asumir responsabilidades inesperadas. Algunos por propias convicciones y otros por tentaciones certeras, han dejado de lado lo que manda la Iglesia, ¡y sin embargo pueden llegar a la santidad!. La virginidad debe ser defendida sobre toda otra cosa, para estar en comunión con Dios, y para vivir mejor la relación de pareja; pero no debe ser nuestro único fundamento. La vida del católico consiste en buscar la santidad. Está afirmación solo puede hallarse en la conciencia de cada ser humano y en el arrepentimiento que pueda tener de sus actos. Por ser virgenes no tenemos el cielo asegurado, y por no serlo, tampoco está perdido. ¿Por qué llegar virgen al matrimonio? Es el momento de opciones, de encarar situaciones importantes; es fácil defender la virginidad cuando no se han vivido momentos en los cuales uno opto por la fidelidad a Jesús. Es el momento de formar nuestro pensamiento y poner sobre la balanza las prioridades de nuestra vida. Una vida pasajera, para unirse a lo eterno a través de una formación personal y actos concretos de caridad, guardados en la conciencia y el corazón. Estas palabras no pueden ocultar la dificultad que acontece al ponerlas en práctica; Dios lo vale, hay que confiar en la Gracia y saber que en las dificultades, surge el verdadero valor del Cristiano. Es díficil (por los ambientes que transitamos, y por todo lo que nos ofrecen externamente), más nunca imposible, "¡quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta!". Finalmente, encontramos que el noviazgo es preparación para el matrimonio, es descubrirse uno al otro para abordar un camino que lleve a la felicidad asociada con Dios. Es díficil lograrlo(muy dificil), más no imposible... [Arriba] Educación en la fe
En el Catecismo de la Iglesia Católica, en el punto nº 1814, leemos: “La fe es la virtud teologal por la cual creemos en Dios y en todo aquello que Él nos ha dicho y revelado y que la Santa Iglesia nos propone creer, porque Dios es la misma verdad”. La gracia sobrenatural, las virtudes y los dones del Espíritu Santo que el niño ha recibido en el Bautismo requieren una dinámica especial que hay que ir desarrollando desde el primer momento de su llegada al mundo. En lo que se refiere a la transmisión de la fe, hemos de valorar la actitud de los padres respecto de su fe. La fe hay que vivirla. Si el sentido de nuestra vida es trascendental, si nuestro deseo es la identificación total con Cristo, amando la voluntad de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, los hijos captarán esta realidad porque les daremos testimonio. Ser cristiano significa ser discípulo de Cristo. Para serlo conviene conocerle, amarle e imitarle. Es en la familia, “iglesia doméstica”, donde se aprende todo esto, con la ayuda de Dios. En la forma de vivir todas las circunstancias ordinarias los hijos ven como reaccionan sus padres. Surge la primera lección para que nuestros hijos vivan de la fe: saberse hijos de Dios. Y esto lo aprenderán según vean en sus progenitores una conducta impregnada de confianza en Dios. En los primeros años de vida, es importante que los pequeños descubran que Dios está presente en el hogar. Antes del uso de razón, pueden distinguir lo que está bien y lo que está mal y, por tanto, lo que agrada o desagrada a sus padres y a Dios. “En el pensamiento de la Iglesia, un hogar verdaderamente cristiano es el ambiente en que se nutre, crece y se desarrolla la fe de los niños y donde aprenden a hacerse no solamente hombres, sino también hijos de Dios”. Son palabras del Papa Juan XXIII. Para acrecentar la fe de nuestros hijos, es bueno que vivan unas prácticas de piedad. Éstas serán adecuadas a su edad. Todas las devociones deben mover al amor de Dios, nunca al miedo o temor. Cada familia tendrá las suyas, pero conviene que eleven el corazón a Dios: amor a la Santísima Virgen, oraciones al levantarse o acostarse, bendición de los alimentos, devoción al Ángel Custodio, etc. También debemos explicar el significado de lo que se reza y preparar con la debida formación la recepción de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. La contemplación de la naturaleza, viendo la grandeza y magnificencia de Dios, fomentará el agradecimiento y la sensibilidad por las obras del Creador. Entendería mucho de amor a la Virgen María aquella chiquilla de siete años: la madre dice a su hija que mientras van en coche pondrá un “casete” con el Rosario. La niña no quiere. Su madre no lo fuerza y cede a su petición. Al poco tiempo le pide: “mamá, pon el Rosario porque creo que es la música que más le gusta a la Virgen”. En todas las etapas de la vida de nuestros hijos, lo mejor será vivir de fe. La fe deberá impregnar nuestra vida de coherencia en el pensar, en el actuar y en la caridad y afecto que tenemos hacia los demás. Lo más importante es el ejemplo. Un buen consejo práctico: “hablar más a Dios de nuestros hijos que de Dios a nuestros hijos”. [Arriba] Identidad de la mujer: su fisiologíaAutor: Gloria Conde, del libro Mujer Nueva, Ed. Trillas
La mujer, al observarse a sí misma, descubre determinados fenómenos físicos y psíquicos que afectan a toda su personalidad, en menor o mayor grado. La familiaridad con estos fenómenos y la comprensión de los mismos en su finalidad la llevan a adquirir un profundo conocimiento de sí. Este conocerse en el plano físico, lleva a la mujer a la integración con su «yo» profundo. En la medida que asume su condición femenina y acepta su cuerpo con sus comportamientos de manera positiva, en esa manera ella logrará la madurez de su identidad. Este conocimiento no puede llegar a su plenitud si la mujer no asume su destino con toda su feminidad. Esto es, el haber sido creada para el «don de sí» que trae consigo la apertura a la vida. Cuando la mujer no acepta su destino, entra en conflicto consigo misma, y se provoca una tensión y lucha que tiene sus propias consecuencias físicas y psíquicas. Lo primero que percibe la mujer conforme su cuerpo va madurando es un constante movimiento interno provocado por el ciclo menstrual. Las etapas del ciclo están determinadas en sus variaciones por cambios hormonales. Esta variación de hormonas, a nivel físico, va finalizada a la ovulación, momento en que la mujer es fértil y, en caso de darse la unión sexual, es capaz de concebir una vida. El aumento y disminución de estrógenos y progesterona produce no sólo determinados procesos físicos sino que da lugar también a cambios síquicos en el campo de la afectividad y emotividad. Así, es común a la mayoría de las mujeres, una disposición relacional positiva y una sensación de estabilidad y seguridad personal en los días que acompañan a la ovulación, cuando la producción de estrógenos es alta, y un estado negativo de irritabilidad, agresividad, inseguridad y depresión en los días cercanos a la menstruación. Todas estas reacciones químicas tienen en sí mismas un significado muy concreto. Disponen su cuerpo para la maternidad. Ninguna mujer puede contradecir ni negar lo que le ocurre dentro. De hecho, la negación de su propia naturaleza, como dijimos, produce en ella una división tal que puede tener consecuencias físicas negativas. Se han analizado algunos casos en los que el ciclo menstrual desaparece, sobre todo en época de juventud, en mujeres solteras o que pasan por situaciones de irregularidad emocional o afectiva. La misma naturaleza reacciona y se defiende ante una situación que se presenta como no adecuada para engendrar una vida. Jo Croissant, en su libro La mujer o el sacerdocio del corazón expone el caso de una joven que no podía aceptar su condición de mujer. Rechazaba toda la experiencia de la feminidad en ella misma. Vestía como hombre, disimulaba sus caracteres femeninos, odiaba la menstruación, se negaba a proyectarse como madre. Su ciclo menstrual se suspendió a lo largo de los años que mantuvo esta actitud. Un día tuvo una «conversión» hacia su sexo que le hizo aceptar con serenidad su condición de mujer. Su primer gesto fue vestirse con falda. La menstruación volvió de forma instantánea. Así también con chicas que pasan por periodos de anorexia, o caen en el alcoholismo o la droga, es normal que pierdan la menstruación. Situaciones de inestabilidad sentimental, vida sexual tensa, rupturas matrimoniales, infidelidades o sexo sin matrimonio, sin horizonte de un amor de donación personal, llevan a veces a la misma reacción del organismo. Para la mujer, vivir su ciclo con naturalidad, con normalidad, significa una forma de fecundidad permanente, incluso aunque no engendre hijos. Es una manera de «derramarse», de dar su sangre por los demás, de estar abierta a dar la vida. Esta experiencia la mujer la vive de una forma íntima. Quizás no es percibida por los demás, pero si falta, sobre todo cuando ella es el obstáculo, la mujer siente en lo íntimo de su ser una auténtica alienación. La sexualidad no se agota en determinadas particularidades físicas, estructurales y funcionales que constituyen al hombre y a la mujer capaces de engendrar sino que comprende la totalidad de la persona en su realidad psíquica, sensible, emotiva, afectiva, tendencial y espiritual: inteligencia y voluntad. De aquí la diferencia entre el sexo en la persona y su ser «sexuado». Su ser sexuado significa esa condición por la cual su masculinidad o feminidad abarca y penetra toda su persona. La mujer es femenina en todo lo que es y hace. Su cuerpo tiene un lenguaje femenino, sexuado, su feminidad se manifiesta a través de su cuerpo en todo momento y en todos los ámbitos donde ella se desarrolle. Su fisiología influye, por tanto, no sólo en su vida sexual sino en toda su vida. De ahí que su fisiología marque algunos límites en su vida profesional, sobre todo respecto a su fuerza física, y la determine con características femeninas en cualquier campo en el que trabaje con varones. La mujer puede decir «yo soy mi cuerpo». Ella por tanto será siempre mujer en su comunicación con el mundo que le rodea y con las demás personas. Igualmente el hombre puede decir «yo soy mi cuerpo». Es toda su persona la que se entrega a su familia en su esfuerzo por trabajar para formarla, proyectarla y mantenerla, y la que, de forma particular, se comunica con la mujer cada vez que se encuentra y se relaciona con ella.
[Arriba]
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