Principal | Quiéness Somos?| Objetivos | Cómo Ayudar? | Agradecimiento |Buscador |Contáctenos

Menú
 
Mensajes Pan y Vida
Tu dirección de correo:
Santos
Suscríbete a panyvidasantos:
Evangelio Meditado
Suscríbete a evangeliopanyvida:

Los frutos del Espíritu Santo

ARTÍCULO PRIMERO

La paz

1. Abundantísimos frutos de intimidad con Dios recoge el alma que en su vida activa y contemplativa camina en pos del Espíritu divino que la inspira.

Enuméralos San Pablo cuando dice: Frustus Spiritus est charitas, gaudium, pax, patientia, benignitas, bonitas, longanimitas, mansuetudo, fides, modestia, continentia, castitas: Frutos del Espíritu Santo son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad, la mansedumbre, la fe, la modestia, la continencia, la castidad.

Para consuelo de las almas que confían, detengámonos a contemplar algunos de estos preciosos frutos, en la seguridad de que su exquisito gusto y delicado aroma serán un incentivo para que muchas se animen a seguir resueltamente a Jesús hasta la cumbre de la perfección, sacrificándole todo lo terreno y abandonándose en brazos de su amor.

2. La paz, esto es, la paz estable e indefectible, es fruto de la perfecta armonía que logra realizar al alma con sus potencias, con Dios y con el prójimo.

Pax est tranquillitas ordinis, ha dicho San Agustín. “La paz es la tranquilidad que nace del orden”. Cuando el hombre guarda el orden establecido por Dios, colocáse en el lugar que le corresponde, y goza, por tanto, de paz.

Mas es preciso que, para llegar a poseerla plenamente, se conforme el alma en absoluto con las divinas disposiciones y que sepa responder con un amoroso fiat a cuanto el Señor sea servido determinar en el presente o en el futuro.

3. Entre la serie de acontecimientos previstos o dispuestos por Dios, hay algunos capaces de agradar a la naturaleza y otros positivamente desagradables. Tanto éstos como aquéllos son recibidos con alegría por el alma que pone en manos de Dios todos sus cuidados.

Cuando espontáneamente siente dentro de sí misma la consoladora presencia de legítimos goces o se ve alentada por el éxito que acompaña a sus empresas no rechaza, como no sea rara vez y por inspiración divina, tales favores ni aun pretextando su indignidad, ni la necesidad que tiene de hacer penitencia por sus pecados.

Sabe que no hay nada, y menos la consolación espiritual, que no sea don de Dios: Deus totius consolationis. Razón por la cual acepta, sin aficionarse a ellas desordenadamente, las dulzuras que Dios le da a gustar, convencida de que rehusarlas equivaldría a disgustar a su Padre celestial, perder el camino de la infancia espiritual y contrariar los planes de Dios.

Necesarias son, puesto que Dios las concede, estas mercedes, que son para el alma bien así como un celestial lubricante, gracias al cual se evita la dificultad de movimientos del mecanismo espiritual.

4. De igual manera se las han estas almas con las penas, contrariedades, frecuentes angustias, vicisitudes interiores, dolores físicos, enfermedades, reveses de fortuna, humillaciones, ingratitudes, desilusiones, abandonos de los hombres, incertidumbres del porvenir, y con tantas otras cruces que se encuentran esparcidas a lo largo del camino que conduce a la eternidad.

Puesto que todo esto, se dicen esas almas, lo quiere o lo permite el Señor, ¿porqué no hemos de abrazarnos con ellos? Si hemos recibido de su mano el bien, ¿porqué no hemos de aceptar el mal? Si bona suscepimus de manu Dei, mala quare non suscipiamus? (1)

(1) Job, 2, 10.

Esta reflexión les da fuerza para sonreír en medio de los dolores y pone siempre en sus labios la palabra fiat.

5. es de notar, por lo demás, que el corazón que fía en Dios, guiado literalmente por las sentencias de la Sagrada Escritura, sabe eliminar de su vida gran número de sufrimientos y posee el secreto de despojar de su ponzoña a aquellos con que tiene que cargar.

Así, por ejemplo, cuando, a pesar de trabajar sin descanso, carece de bienes de la tierra, se consuela con aquella bienaventuranza de Cristo: Beati pauperes: (1) “Bienaventurados los pobres”. “Dios es mi padre, El cuidará de mí”: Quoniam ipsi cura est de vovis. (2)

Cuando se siente afligido por inquietudes acerca del porvenir, repite las palabras Sufficit diei malitia sua: (3) “bástale a cada día su malicia”, el cuidado de mañana será distinto del de hoy. “Jacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet: (4) Encomienda al Señor tus inquietudes, que El te alimentará”.

A las veces se siente herido por la injusticia, la aversión o la guerra declarada de los hombres; mas le sirve de consuelo la promesa de Nuestro Señor: “Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia: Beati qui persecutionem patiuntur propter justitiam. (5).

Si siente el asalto de la tentación que amenaza con hundirle en el abismo del pecado, y se ve combatido por la incertidumbre torturadora de no poder siempre resistir tales embates y obtener la hermosa recompensa del cielo, consuélase al instante con las palabras de Jesús: “Ego sum, nolite timere: (6) Aquí estoy Yo, no temáis”. “Non rapiet eos quisquam de manu mea: (7) Nadie será capaz de arrancaros de mis manos”.

6. Cuando siente sobre sí mismo la pesadumbre del prolongado destierro, que como una nube de tempestad le abruma, oye en el interior del alma la voz de Jesús, que le dice: “In patiencia vestra possidebitis animas vestras: (8) Mediante vuestra paciencia salvaréis vuestras almas”. “Vado parare vobis locum: (9) voy a prepararos un lugar en el cielo”.

En medio de los sufrimientos físicos y de las penas morales que le torturan, repite las consoladoras palabras de San Pablo: “Non sunt condignae passiones hujus temporis ad futuram quae revelabitur in nobis: (10) No hay proporción entre los sufrimientos de esta vida y la futura gloria que nos está reservada”.

Cuando, ante los obstáculos con que tropieza, comienza a sentirse víctima de la pusilanimidad, que intenta paralizar el vigor de sus resoluciones canta: “Si potes credere, omnia possibilia sunt credenti: (11) Si puedes creer, todo es posible a quien cree”.

Y al sentirse, por último, herido por las desilusiones, el abandono de las criaturas, la ingratitud o la frialdad que le rodean, llenándole de amargura, se consuela escuchando en el fondo de su sér el eco de aquellas divinas palabras: “Te he amado con amor eterno: in charitate perpetua dilexi te”; (12) non relinquam vos orphanos: (13) no os abandonaré en la orfandad” “ecce mater tua: (14) ahí tienes a tu Madre”.

(1) Matth., 5, 3.

(2) I Petr., 5, 7.

(3) Matth., 6, 43.

(4) Ps. 54, 23.

(5) Matth., 5, 10.

(6) Juan, 6, 20.

(7) Juan, 10, 28.

(8) Luc., 21, 19,

(9) Juan, 14, 2,

(10) Rom., 8, 18.

(11) Marc., 9, 22.

(12) Jerem., 31, 3,

(13) Juan, 14, 18.

(14) Juan, 19, 27.

Ella cuidará de ti, ámala, que en Ella encontrarás amor más que suficiente para llenar hasta desbordarse tu pobre corazón.

De esta suerte es cómo el cristiano que en Dios confía halla un manantial de consuelo y fortaleza en medio de dolores. Y conociéndolo, ama la cruz y con ella se abraza, a imitación de Jesucristo, que la amó y nos enseñó a quererla como un gran bien y un poderoso auxilio para la salvación de nuestras almas.

7. Las almas a quienes Dios conduce por el camino de la filial confianza, no contentas con mantenerse estrechamente unidas con Dios, conformándose en todo con la divina voluntad, trabajan por mantener dentro de sí mismas una gran armonía entre sus potencias, realizando así la segunda condición necesaria para la verdadera paz interior.

Lo que principalmente perturba la interior satisfacción de las almas es la falta de equidad o de mesura en deseos, temores, alegrías, tristezas, y, en general, de toda clase de emociones sensibles.

Hácese necesaria la moderación de los deseos, manteniendo entre ello el orden prescripto por la razón y la fe; y ello porque sabida cosa es que tanto mayor riesgo corremos de ser desgraciados cuanto mayores son las necesidades que nos creamos con inmoderadas aspiraciones.

La felicidad es algo relativo, no absoluto. Depende de la actitud que se adopta frente al bien que se nos ofrece.

Cuando la voluntad se adapta a tal bien y con él se conforma, decimos que es feliz; pero cuando, por el contrario, multiplica insaciablemente los deseos, la inquietud que devora le impide serlo.

Veamos ahora cuán fácilmente puede al alma que fía en Dios, y que a Él se entrega por completo, encontrar en la tierra toda la suma de la felicidad.

8. Posee el único Bien verdaderamente grande y necesario, reconocido, en virtud de una íntima experiencia, como insustituible por las cosas creadas, de las cuales está desprendida voluntaria y conscientemente a causa de la vanidad en que se fundan. Lo útil y necesario para llegar a la posesión de lo único que anhela, esto es, el amor total y el completo entregamiento de sí misma a Jesús, hállalo en Dios.

No conoce los desengaños, porque en la posesión de Dios ve satisfechas todas sus legítimas aspiraciones, y en la liberalidad del buen Maestro encuentra la plenitud de sus ansias y el consuelo de sus amarguras.

Cultiva con naturalidad y sin esfuerzo disposiciones que alejan de sí misma el temor de verse privada del sano optimismo, que es el encanto de su vida espiritual.

Y, satisfecha con ser toda de Dios, se regocija recordando las palabras de San Agustín, cuando decía: “Dios se complace con quienes en El se complacen”.

9. Finalmente, para acabar de instaurar en sí misma el imperio de la paz, el alma confiada trabaja por vivir en armonía con los demás.

Conocedora del secreto sencillísimo y sobrenaturalísimo de mantenerse en paz con el prójimo, paz que es el encanto de la sociedad, la felicidad de las familias y la tranquilidad dl hombre, hace cuanto puede para realizarlo.

Con este fin, sabe ocupar siempre el último lugar. “Aprended de mí –dice Jesucristo-, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis el descanso de vuestras almas: Discite a me, quia mitis sum et humilis corde, et invenietis requiem animabus vestris”. (1) Así dispuesta, tiene la convicción de ser siempre la más indigna, y por eso no se ofende por nada, ni envidia a los demás, ni se entristece al contemplar la prosperidad ajena, ni se irrita al verse menospreciada. En este último caso, se dice a sí misma: Yo debería estar

(1) Matth., 11, 29.

en el infierno por mis pecados; Cualquier lugar de la tierra en que me encuentre es sobradamente honroso para mí.

10. Teniéndose por de más vil de las criaturas, no siente predilección por su manera de ver y de hacer las cosas, con lo cual evita todos los altercados.

La humildad nos descubre otro secreto no menos necesario para mantenernos en paz con el prójimo, y el secreto consiste en no intervenir en sus asuntos ni entrometernos a juzgar de los que en modo alguno nos corresponde. Muy fácil de descubrir es tal secreto; pero muy pocos son los que lo ponen en práctica.

No hemos de averiguar lo que piensan, dicen o hacen los demás, ni andar a caza de noticias y rumores, ni juzgar o desaprobar la conducta de nadie, mientras la conveniencia o la necesidad no nos obliguen a ello.

11. Pocas son las almas que llegan a disfrutar del supremo grado de paz interior e íntima bienaventuranza prometidas por Cristo; y es que son muy escasas las que se esfuerzan en vaciar el corazón de cosas terrenas, pensando nada más que en lo único necesario.

Sólo encuentra el descanso de la paz verdadera el alma que a Dios se entrega con filial confianza y prescinde de cuanto no se Dios o a El no le conduzca. Cultivemos, pues, esta paz interior, fruto selecto del Espíritu Santo, resultante de la perfecta armonía del alma con Dios, consigo misma y con el prójimo.

San Pablo ha dicho: “Gaudete, iterum dico, gaudete: (1) Alegraos, repito, alegraos”. “Porque, ¿quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? (2) ¿La tribulación, la angustia, el hambre, la desnudez, los peligros, la persecución, la espada?… Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las virtudes, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni lo alto, ni lo profundo, ni criatura alguna podrá separarnos de la caridad de Dios, que reside en Jesucristo Nuestro Señor”.

(1) Phil., 4, 4.

(2) Rom., 8, 35, ctc.

FIN

Alfredo R. Segovia op.

Hermandad Seglar (Tercera Orden)

ORDEN DE PREDICADORES

Convento de Santo Domingo

Buenos Aires. Argentina

Mail: asegov@mecon.gov.ar

Próxima entrega: “El especial gozo de Sentirse nada”

Si tienes alguna duda, conoces algún caso que quieras compartir, o quieres darnos tu opinión, te esperamos en los FOROS DE PAN Y VIDA donde siempre encontrarás a alguien al otro lado de la pantalla, que agradecerá tus comentarios y los enriquecerá con su propia experiencia.

  © 2002-2003 Derechos Reservados. Servicio Católico de evangelización Pan y Vida.©2003-2004.
Hillsborough, Nueva Jersey, USA.
E-mail: admistracion@mensajespanyvida.org

Mantenimiento y Diseño: Internet para la Evangelización