|
|
|
| Principal | Quiéness Somos?| Objetivos | Cómo Ayudar? | Agradecimiento | Contáctenos |
|
|
|
|
ARTICULO CATORCE De la doctrina que le dio la Reina del cielo Santísima Virgen María a sor María de Jesús de Agreda, a petición suya, para los votos de pobreza, castidad y clausura.
“ El voto de la pobreza es un generoso ahorro y desembarazo de la pesada carga de las cosas temporales; es un desahogo del espíritu, alivio de la humana flaqueza y libertad de la nobleza del corazón capaz de bienes eternos y espirituales; es una satisfacción y hartura en que sosiega el apetito sediento de tesoros terrenos y un dominio o posesión y uso nobilísimo de todas las riquezas. Todo esto, hija mía, y otros mayores bienes contiene la pobreza voluntaria, y todo lo ignoran porque de todo carecen los hijos del siglo, amadores de las riquezas y enemigos de la rica y santa pobreza. No advierten, aunque la padecen y sufren, cuán pesada es la gravedad de las riquezas que los abruma hasta el suelo y aun hasta las entrañas de la tierra, a buscar el oro y la plata con cuidados, desvelos, trabajos y sudores, no de hombres de razón, sino de brutos irracionales que ignoran lo que hacen y lo que padecen. Y si antes de adquirir las riquezas son tan pesadas, ¿cuánto lo serán después de conseguidas?. Díganlo cuantos con esta carga han caído hasta los infiernos; díganlo los desmedidos afanes en conservarlas, y mucho más las intolerables leyes que han introducido en el mundo las riquezas y los ricos que las poseen.
Si todo esto ahoga el espíritu y oprime tiránicamente su flaqueza y envilece la nobilísima capacidad que tiene el alma de bienes eternos y del mismo Dios, cierto es que la pobreza voluntaria restituye a la criatura a su generosa condición y la alivia de vilísima servidumbre y la pone en la libertad ingenua en que fue criada para señora de todas las cosas. Nunca es más señora que cuando las desprecia, y entonces tiene la mayor posesión y el uso más excelente de las riquezas cuando las distribuye o las deja de voluntad y sacia el apetito cuando tiene gusto de no tenerlas; y sobre todo dejando desocupado el corazón le tiene capaz de que deposite Dios en él los tesoros de su divinidad, para los cuales le crió con capacidad casi infinita.
Hija mía, yo deseo que tú estudies mucho esta filosofía y ciencia divina, que tan olvidada tiene el mundo, y no sólo el mundo, sino muchas almas religiosas que la prometieron a Dios, cuya indignación es grande por esta culpa; y de contado reciben un pesado castigo en que no advierten los transgresores de este voto, pues con haber desterrado la pobreza voluntaria han alejado de sí el espíritu de Cristo, mi Hijo santísimo, y el que venimos a enseñar a los hombres en desnudez y pobreza. Y aunque ahora no lo sienten, porque disimula el justo Juez y ellos gozan de la abundancia que desean, pero en la cuenta que les aguarda se hallarán confusos y desimaginados del rigor que no pensaban, ponderaban ni pesaban en la divina justicia.
Los bienes temporales los creó el Altísimo para que sirviesen a los hombres sólo para sustentar la vida, y conseguido este fin cesa la causa de la necesidad; y siendo ésta limitada y que en breve se acaba y con poco se satisface y restando el alma que es eterna, no es razón que el cuidado de ella sea temporal y como de paso y el deseo y afán de adquirir las riquezas venga a ser perpetuo y eterno en los hombres. Suma perversidad es haber trocado los fines y los medios en cosa tan distante y tan importante, que le dé el hombre ignorante a su breve y mal segura vida del cuerpo todo el tiempo, todo el cuidado, todo el trabajo de sus fuerzas y desvelo de su entendimiento; y a la pobre alma en muchos años de vida no quiera darle más de una hora, y aquélla muchas veces la última y la peor de la vida.
Aprovéchate, pues, hija carísima, de la verdadera luz y desengaño que de tan peligroso error te ha dado el Altísimo. Renuncia a toda afición y amor a cosa alguna terrena y, aunque sea con pretexto y color de que tienes necesidad y que tu convento es pobre, no seas solícita desordenadamente en procurar las cosas necesarias para el sustento de la vida; y cuando pusieres el cuidado moderado que debes, sea de manera que ni te turbes cuando te falte lo que deseas, ni lo desees con afición, aunque te parezca es para el servicio de Dios; pues tanto menos le amas cuanto con Él quieres amar otras cosas. Lo mucho debes renunciarlo por superfluo y no lo has de menester y es delito tenerlo vanamente; lo poco también se debe estimar poco, porque será mayor error embarazar el corazón con lo que nada vale y estorba mucho. Si todo lo que a tu juicio humano pide tu necesidad lo consigues, no eres de verdad pobre, porque la pobreza en rigor y propiedad es tener menos de lo que es menester y sólo se llama rico al que nada le falta; porque el tener más antes desasosiega y es aflicción de espíritu, y desearlo y guardarlo sin usar de ello viene a ser una pobreza sin quietud ni sosiego.
De ti quiero esta libertad de espíritu que a cosa alguna te aficiones, sea grande o pequeña, superflua o necesaria; y lo que para la vida humana hubieres de menester, debes admitir sólo aquello que es preciso para no morir ni quedar indecentemente; pero sea lo más pobre y remendado para tu abrigo y en la comida lo más grosero, sin antojo de gusto particular, sin pedir más de aquello en que tienes mucha desazón y menos gusto, para que antes te den lo que no deseas y te falte lo que pide el apetito y hagas en todo lo más perfecto.
El voto de castidad contiene la pureza de alma y cuerpo; es fácil el perderla, difícil y aun imposible repararla, según como se pierde. Este gran tesoro está depositado en castillo de muchas puertas y ventanas, que si no están bien guarnecidas y defendidas no tiene seguridad. Hija mía, para guardar con perfección este voto, es preciso que hagas pacto inviolable con tus sentidos de no moverse para lo que no fuere ordenado por la razón y a la gloria del Creador. Muertos los sentidos, fácil es el vencimiento de los enemigos, que sólo con ellos te pueden vencer a ti misma, porque los pensamientos no reviven ni se despiertan si no les entran especies e imágenes por los sentidos exteriores que los fomenten. No has de tocar, ni mirar, ni hablar a persona humana de cualquier condición que sea, hombre ni mujer, ni a tu imaginación entren sus especies o imágenes. En este cuidado, que te encargo mucho, consiste la guarda de esta pureza que de ti quiero; y si por la caridad o por la obediencia hablares, que sólo por estas dos causas debes tratar con criaturas, sea con toda severidad, modestia y recato.
Para con tu persona vive como peregrina y ajena del mundo, mortificada, trabajada y amando la aspereza de todo lo temporal sin apetecer descanso ni regalo, como quien está ausente de su casa y patria propia, conducida para trabajar y pelear con fuertes enemigos. Y porque el más pesado y peligroso es la carne, te conviene resistir a tus naturales pasiones sin descuido y en ellas a las tentaciones del demonio. Levántate a ti sobre ti y busca una habitación muy levantada sobre todo lo terreno para que vivas debajo de la sombra del que deseas y en su protección goces de tranquilidad y verdadero sosiego. Entrégate de todo tu corazón y fuerzas a su casto y santo amor, sin que imagines hay para ti criaturas más de en cuanto te ayudan y obligan a que ames y sirvas a tu Señor, y para todo lo demás han de ser para ti aborrecibles.
A la que se llama esposa de Cristo, y lo tiene por oficio, aunque ninguna virtud le ha de faltar, pero la castidad es la que más la proporciona y asimila a su esposo, porque la espiritualiza y aleja de la corrupción terrena y la levanta al ser angélico y aun a cierta participación del mismo ser de Dios. Es virtud que hermosea y adorna a todas las demás y levanta el cuerpo a superior estado, ilustra al entendimiento y conserva a las almas en su nobleza superior a todo lo corruptible. Y porque esta virtud fue especial fruto de la redención, merecida por mi Hijo santísimo en la cruz donde quitó los pecados del mundo, por eso singularmente se dice que las vírgenes acompañan y siguen al Cordero ( Apoc. 14, 4).
El voto de clausura es el muro de la castidad y de todas las virtudes, el engaste donde se conservan y resplandecen y es un privilegio del cielo para eximir a las religiosas, esposas de Cristo, de los pesados y peligrosos tributos que paga la libertad del mundo al príncipe de sus vanidades. Con este voto viven las religiosas en seguro puerto, cuando las otras almas en la tormenta de los peligros se marean y zozobran a cada paso. Con tan grandes intereses no es lugar angosto el de la clausura, donde a la religiosa se le ofrecen los espaciosos campos de las virtudes y del conocimiento de Dios y de sus infinitas perfecciones y misterios y admirables obras que hizo y hace por los hombres. En estos dilatados campos y espacios se puede y se debe esparcir y recrear, y de no hacerlo viene a parecer estrecha cárcel la mayor libertad. Para ti, hija mía, no hay otro ensanche, ni yo quiero que te estreches tanto como lo es todo el mundo. Sube a lo alto del conocimiento y amor divino, donde sin términos ni límites que te angosten, vivas en libertad espaciosa y desde allí conocerás cuán estrecho, vil y despreciable es todo lo creado para ensancharse tu alma en ello.
A esta clausura forzosa del cuerpo añade tú la de tus sentidos, para que, guarnecidos de fortaleza, conserven tu pureza interior y en ella el fuego del santuario que siempre debes fomentar y guardar que no se apague. Y para la guarda de los sentidos y lograr la clausura, nunca llegues a la puerta, ni a red, ni ventana, ni te acuerdes de que las tiene el convento, si no fuere para cumplir con lo preciso de tu oficio y por la obediencia. Nada apetezcas, pues no lo has de conseguir, ni trabajes por lo que no debes apetecer; en tu retiro, recato y cautela estará tu bien y paz y el darme gusto y merecer el copioso fruto y premio de amor y gracia que deseas.”
Del libro La mística ciudad de Dios, donde se explica la vida y misterios de la Santísima Virgen María, dictada por ella misma a sor María de Jesús de Agreda, Primera parte, libro II, capítulo 3.
Doctrina que le dio la Reina del cielo Santísima Virgen María a la venerable sor María de Jesús de Agreda.
“Hija mía, la naturaleza humana es imperfecta y remisa en obrar la virtud y frágil en desfallecer, porque se inclina mucho al descanso y repugna al trabajo con todas sus fuerzas. Y cuando el alma escucha y contemporiza con las inclinaciones de la parte animal y le da mano, ella la toma de suerte que se hace superior a las fuerzas de la razón y del espíritu y le reduce a peligrosa y vil servidumbre. En todas las almas este desorden de la naturaleza es abominable y formidable, pero sin comparación le aborrece Dios en sus ministros y religiosos, a quienes, como la obligación de ser perfectos es más legítima, así es mayor el daño de no salir siempre victoriosos de esta contienda de las pasiones. De esta tibieza en resistir y la frecuencia en ser vencidos, resulta un desaliento y perversidad de juicio, que vienen a satisfacer y quedar mal seguros con hacer algunas ceremonias muy leves de virtud, y aun les parece, sin hacer cosa de provecho, que mudan un monte de una parte a otra. Introduce con esto el demonio otros divertimentos y tentaciones y, con el poco aprecio que hacen de las leyes y ceremonias comunes de la religión, vienen a desfallecer casi en todas y, juzgándolas cada una por cosa leve y pequeña, llegan a perder el conocimiento de la virtud y vivir en una falsa seguridad.
Pero tú, hija mía, quiero que te guardes de tan peligroso engaño y adviertas que un descuido voluntario en una imperfección dispone y abre camino para otra, y éstas para los pecados veniales, y ellos para los mortales, y de un abismo en otro se llega al profundo y al desprecio de todo mal. Para prevenir este daño se debe atajar muy de lejos la corriente, porque una obra o ceremonia que parece pequeña es antemuralla que detiene lejos al enemigo, y los preceptos y leyes de las obras mayores obligatorias son el muro de la conciencia, y si el demonio rompe y gana la primera defensa está más cerca de ganar la segunda, y si en ésta hace portillo con algún pecado, aunque no sea gravísimo, ya tiene más fácil y seguro el asalto del reino interior del alma, y como ella se halla debilitada con los actos y hábitos viciosos, y sin las fuerzas de la gracia, no resiste con fortaleza, y el demonio que la tiene adquirida la sujeta y oprime sin hallar resistencia.
Considera, pues, ahora, carísima, cuánto ha de ser tu desvelo entre tantos peligros, cuánta tu obligación para no dormir entre ellos. Considérate religiosa, esposa de Cristo, prelada, enseñada, ilustrada y llena de tan singulares beneficios, y por estos títulos y otros, que en ellos debes ponderar, mide tu cuidado, pues a todos debes retorno y correspondencia a tu Señor. Trabaja, porque seas puntual en el cumplimiento de todas las ceremonias y leyes de la religión y para ti no haya ley, ni mandato, ni acción perfecta que sea pequeña ; ninguna desprecies ni olvides, observalas todas con rigor, porque en los ojos de Dios todo es precioso y grande, lo que se hace por su gusto. Cierto es que le tiene en ver cumplido lo que manda y que el despreciarlo le ofende. En todo considera que tienes Esposo a quien agradar, Dios a quien servir, Padre a quien obedecer, Juez a quien temer y Maestra a quien imitar y seguir.
Para que todo esto lo cumplas has de renovar en tu ánimo una resolución fuerte y eficaz de no oír a tus inclinaciones ni consentir en la flojedad remisa de tu naturaleza; ni por la dificultad que sintieres, omitir acción o ceremonia alguna, aunque sea besar la tierra, cuando sueles hacerlo, según la costumbre de la religión; lo poco y lo mucho ejecuta con afecto y constancia y serás agradable a los ojos de mi Hijo y a los míos. En las obras de supererogación (1) pide consejo a tu confesor y prelado; y primero suplica a Dios que le dé acierto y llega desnuda de toda inclinación y afecto a cosa determinada, y lo que te ordenare, óyelo y escríbelo en tu corazón y ejecútalo con puntualidad; y si es posible acudir a la obediencia y consejo, nunca por ti sola determines cosa alguna por más buena que te parezca; que la voluntad de Dios se te manifestará siempre por la santa obediencia.”
(1) Supererogación = Acción ejecutada sobre o además de los términos de la obligación.
Del libro La mística ciudad de Dios, donde se explica la vida y misterios de la Santísima Virgen María, dictada por ella misma a sor María de Jesús de Agreda, Primera parte, libro II, capítulo 4.
Doctrina que le dio la Madre de Dios Santísima Virgen María a la venerable sor María de Jesús de Agreda.
“Hija mía, a todos los mortales sin diferencia comunica el Altísimo la luz de las virtudes naturales; y a los que se disponen con ellas y con sus auxilios, les concede las infusas cuando lo justifica; y éstos dones distribuye como Autor de naturaleza y gracia más o menos, según su equidad y beneplácito. En el bautismo infunde las virtudes de fe, esperanza y caridad y con ellas infunde otras para que con todas trabaje y obre bien la criatura y no sólo se conserve en los dones recibidos por virtud del sacramento, pero adquiera otros con sus propias obras y merecimientos. Esta fuera la suma dicha y felicidad de los hombres si correspondieran al amor que les muestra su Creador y Reparador, hermoseando sus almas y facilitándoles con los hábitos infusos el ejercicio virtuoso de la voluntad; pero el no corresponder a tan estimable beneficio los hace en extremo infelices, porque en esta deslealtad consiste la primera y mayor victoria del demonio contra ellos.
De ti, alma, quiero que te ejercites y trabajes con las virtudes naturales y sobrenaturales, con incesante diligencia para adquirir los hábitos de las otras virtudes, que tú puedes granjear con los actos frecuentados de las que Dios graciosa y liberalmente te ha comunicado; porque los dones infusos, junto con los que granjea y adquiere el alma, hacen un adorno y un compuesto de admirable hermosura y sumo agrado en los ojos del Altísimo. Y te advierto, carísima, que la mano poderosa de tu Señor ha sido tan larga en estos beneficios para con tu alma, enriqueciéndola de grandes joyas de su gracia, que si fueras desagradecida será tu culpa y tu cargo mayor que con muchas generaciones. Considera y advierte la nobleza de las virtudes, cuánto ilustran y hermosean al alma por sí solas, pues cuando no tuvieran otro fin ni les siguiera otro premio, el poseerlas era grande por su misma excelencia; pero lo que las sube de punto es tener por fin último al mismo Dios, a quien ellas van buscando con la perfección y verdad que en sí contienen; y llegando a tan alto premio como parar en Dios, con esto hacen a la criatura dichosa y bienaventurada.”
Del libro La mística ciudad de Dios, donde se explica la vida y misterios de la Santísima Virgen María, dictada por ella misma a sor María de Jesús de Agreda, Primera parte, libro II, capítulo 5.
Doctrina que le dio la Madre de Dios y Señora nuestra, Santísima Virgen María a la venerable sor María de Jesús de Agreda.
“Hija mía, el tesoro inestimable de la virtud de la fe divina está oculto a los mortales que sólo tienen ojos carnales y terrenos; porque no le saben dar el aprecio y estimación que piden este don y beneficio de tan incomparable valor. Advierte, carísima, y considera cómo estuvo el mundo sin fe y cómo estaría hoy si mi Hijo y Señor no la conservase. ¡ Cuántos hombres que el mundo ha celebrado por grandes, poderosos y sabios, por faltarles la luz de la fe se despeñaron desde las tinieblas de su infidelidad en abominables pecados y de allí a las tinieblas eternas del infierno!. ¡ Cuántos reinos y provincias llevaron ciegas y llevan hoy tras de sí estos más ciegos, hasta caer todos en el abismo de las penas eternas!. A estos siguen los malos fieles y creyentes que, habiendo recibido esta gracia y beneficio de la fe, viven con él como si no le tuviesen en sus almas.
No te olvides, amiga mía, de agradecer esta preciosa margarita que te ha dado el Señor, como arras y vínculo del desposorio que contigo ha celebrado para traerte al tálamo de su santa Iglesia y después al de su eterna visión beatífica. Ejercita siempre esta virtud de la fe, pues ella te pone cerca del último fin adonde caminas y del objeto que deseas y amas. Ella es la que enseña el camino cierto de la eterna felicidad, ella es la que luce en las tinieblas de la vida mortal de los viadores (1) y los lleva seguros a la posesión de su patria, adonde debían caminar si no estuvieran muertos con la infidelidad y pecados. Ella es la que despierta las demás virtudes, la que sirve de alimento al justo y le conforta en sus trabajos. Ella es la que confunde y atemoriza a los infieles y a los tibios fieles, negligentes en el obrar; porque les manifiesta en esta vida sus pecados y en la otra el castigo que les aguarda. Es la fe poderosa para todo, pues al creyente nada le es imposible (2), antes lo puede y lo alcanza todo; es la que ilustra y ennoblece al entendimiento humano, pues le adiestra para que no yerre en las tinieblas de su natural ignorancia y le levanta sobre sí mismo para que vea y entienda con infalible certeza lo que no alcanzara por sus fuerzas y lo crea tan seguro como si lo viera con evidencia; y le desnuda de la grosería y villanía, cual es no creer el hombre más de aquello que él mismo con su cortedad alcanza, siendo tan poco y limitado mientras vive el alma en la cárcel del cuerpo corruptible, sujeta en el entender al uso grosero de los sentidos. Estima, pues, hija mía, esta preciosa margarita de la fe católica que Dios te ha dado y guárdala y ejercítala con aprecio y reverencia.”
(1) Viador = Criatura racional que está en esta vida y aspira y camina a la eternidad.
(2) San Marcos 9, 22.
Del libro La mística ciudad de Dios, donde se explica la vida y misterios de la Santísima Virgen María, dictada por ella misma a sor María de Jesús de Agreda, Primera parte, libro II, capítulo 6.
Doctrina que le dio la Reina del cielo Santísima Virgen María a la venerable sor María de Jesús de Agreda.
“Hija mía, con las dos virtudes de la fe y la esperanza, como con dos alas de infatigable vuelo, se levantaba mi espíritu buscando al interminable y sumo bien, hasta descansar en la unión de su íntimo y perfecto amor. Muchas veces gozaba y gustaba de su vista clara y fruición, pero como este beneficio no era continuo por el estado de pura viadora, éralo el ejercicio de la fe y esperanza; que como quedaban fuera de la visión y posesión, luego las hallaba en mi mente y no hacía otro intervalo en sus operaciones. Y los efectos que en mí hacían, el afecto, conato y anhelo que causaban en mi espíritu para llegar a la eterna posesión de la fruición divina, no puede entenderlo con su cortedad el entendimiento criado adecuadamente, pero lo conocerá en Dios con alabanza eterna el que mereciere gozar de su vista en el cielo.
Y tú, carísima, pues tanta luz has recibido de la excelencia de esta virtud y de las obras que yo ejercitaba con ella, trabaja por imitarme sin cesar según las fuerzas de la divina gracia. Renueva siempre y confiere en tu memoria las promesas del Altísimo y con la certeza de la fe que tienes de su verdad levanta el corazón con ardiente deseo, anhelando a conseguirlas; y con esta firme esperanza te puedes prometer por los méritos de mi Hijo santísimo que llegarás a ser moradora de la celestial patria y compañera de todos los que en ella con inmortal gloria miran la cara del Altísimo. Y si con esta ayuda que tienes levantas tu corazón de lo terreno y pones toda tu mente fija en el bien inconmutable por quien suspiras, todo lo visible te será pesado y molesto y lo juzgarás por vil y contentible y nada podrás apetecer fuera de aquel amabilísimo y deleitable objeto de tus deseos. En mi alma fue este ardor de la esperanza como de quien con la fe le había creído y con experiencia le había gustado, lo cual ninguna lengua ni palabras pueden explicar ni decir.
Fuera de esto, para que más te muevas, considera y llora con íntimo dolor la infelicidad de tantas almas, que son imagen de Dios y capaces de su gloria y por sus culpas están privadas de la esperanza verdadera de gozarle. Si los hijos de la santa Iglesia hicieran pausa en sus vanos pensamientos y se detuvieran a pensar y pesar el beneficio de haberles dado la fe y la esperanza infalible, separándolos de las tinieblas y señalándolos sin merecerlo ellos con esta divisa, dejando perdida la ciega infidelidad, sin duda se avergonzarían de su torpísimo olvido y reprendieran su fea ingratitud. Pero desengáñense, que les aguardan más formidables tormentos, y que a Dios y a los santos son más aborrecibles por el desprecio que hacen de la sangre derramada de Cristo, en cuya virtud se les han hecho estos beneficios; y como si fueran fábulas desprecian el fruto de la verdad, corriendo todo el término de la vida sin detenerse sólo un día, y muchos ni una hora, en la consideración de sus obligaciones y de su peligro. Llora, alma, este lamentable daño y según tus fuerzas trabaja y pide el remedio a mi Hijo santísimo y cree que cualquier desvelo y conato que en esto pongas te será premiado de Su Majestad.”
Del
libro La mística ciudad de Dios, donde se explica la vida y
misterios de la Santísima Virgen María, dictada por
ella misma a sor María de Jesús de Agreda, Primera parte,
libro II, capítulo 7.
|
|
|
|
|
© 2002-2003 Derechos Reservados.
Servicio Católico de evangelización Pan y Vida.©2003-2004. |