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La Religión no es para discutir, sino para vivir.

Fuente: Diosbendice.org, mensajespanyvida.org
Autor: P. Marcelo Rivas.


Introducción:
Creo En La Iglesia, Que Es Una Santa, Católica Y Apostólica


La palabra Iglesia significa del griego convocación que designa asamblea del pueblo. En el libro del Éxodo 19 encontramos como el pueblo de Israel recibe la ley y se constituye como pueblo de Dios. Para el Nuevo Testamento, Efesios 1,22 y Col. 1,18 encontramos a Cristo como cabeza de ese pueblo.

Aquí se quiere decir que se proclama la fe en la gran obra de Dios, que es la Iglesia. Creer en la Iglesia es aceptarla como instrumento del que Dios se vale para seguir actuando salvíficamente en la historia. Es también verla como un signo, como una convocación y como una comunicación con Cristo. También es verla como una realidad histórica, pero a la vez como una realidad transcendente; ella predica y actúa. Lo hace no para ella misma, sino para unirlos entre sí a nivel humano y nivel divino, colocando a Dios como fuente y cima

La Iglesia Católica viene directamente de los apóstoles. Se hace presente en el mundo a través de esa Sucesión Apostólica desde Pedro, Lino Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio… hasta Juan Pablo II. Es, entonces, un camino y término del designio de Dios. Es la Iglesia un sacramento de salvación y signo de comunión de Dios para con la humanidad.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS.
¿Cuántos son los sacramentos?
Ellos son siete bien precisos en los evangelios. Son signos sensibles instituidos por Cristo para darnos y mantenernos la gracia. Aunque el Nuevo Testamento en ningún lugar los enumera juntos, sí habla de modo claro y explícito de cada uno de ellos. Señalamos los principales textos:

  1. Bautismo: Mt. 28, 19; Mc. 16, 16; Jn. 3, 5.
  2. Confirmación: Hechos 8, 17; 19, 6.
  3. Eucaristía: Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19; I Cor. 11, 24.
  4. Penitencia: Mt. 18, 18; Jn. 20, 23.
  5. Unción de los enfermos: Mc. 6, 13; Sant. 5, 14.
  6. Orden sacerdotal: I Tim. 4, 14; 5, 22; II Tim. 1, 6.
  7. Matrimonio: Mt. 19, 6; Ef. 5, 31-32.

Los protestantes solamente aceptan uno el bautismo y una gran variedad de divisiones, sectas, hablan de dos, tres y hasta de cinco.

Los sacramentos son fundamentalmente acciones de Cristo: Cuando Pedro bautiza es Cristo quien bautiza. La gracia sacramental no depende de la santidad del ministro, sino de Cristo que actúa por medio de él.

Si quieres comunicarte con el autor, envía un mensaje a:
diosbendice1@cantv.net



" ¡CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO! "

Por: Mons. Oscar M. Brown

Obispo de Santiago.


Al iniciar la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, el
ministro nos exhortò con las palabras que presiden
este artículo. Ellas resumen el sentido y el espíritu
de este tiempo santo.

La exhortación a convertirnos nos invita a volver a
vivir nuestra realidad más profunda, como pueblo de
Dios, reino de sacerdotes, posesión personal de Dios
(cf Ex 19:4-6).

Esta condición la hemos alcanzado por nuestra
participación en el misterio pascual de Jesucristo: Su
pasión y muerte salvíficas, su resurrección gloriosa y
la efusión del Espíritu. Ello se cumple por medio de
los sacramentos de iniciación cristiana- el bautismo,
la confirmación y la eucaristía- que nos alcanzan el
perdón de los pecados y la filiación adoptiva ante
Dios.

Esta iniciación nos incorpora en el Pueblo de Dios,
la Iglesia, un pueblo de peregrinos, que nace del
Padre y hacia El se encamina, por el Hijo, en el
Espíritu.

El tiempo de la Iglesia, coincide con el reinado de
Cristo. Se ubica entre la ascensión y la segunda
venida del Señor, también llamada parusía. Es el
tiempo de la efusión del Espíritu, para la misión.
Esta consiste en ir al encuentro del mundo para
salvarlo. Y es que la Iglesia es un sacramento de
comunión y misión. Es, en Cristo, como una señal o
sacramento de la unión con Dios y de la unidad de todo
el género humano (LG1).

Todos los que han recibido la iniciación cristiana
forman parte de la Iglesia. Son herederos del Reino de
Dios, que ha venido con Cristo. Poseen las primicias
del Reino, pero aún no han alcanzado su plenitud. Esta
llegará cuando el Hijo de Dios haya sometido a todos
sus enemigos, incluida la muerte, recapitule todas las
cosas y entregue su reino al Padre (cf. 1 cor 15:
24-28).

Esto significa que el tiempo de la Iglesia, tiempo
del reinado de Cristo, tiempo de la misión, es un
tiempo de lucha y esfuerzo contra los enemigos de Dios
y de nuestra salvación. El relato de las tentaciones
del Señor en el desierto es emblemático de esta lucha,
que deben emprender todos los bautizados.

Bautizado por Juan en el Jordán, el Señor es
conducido por el Espíritu al desierto. Allí el
primogénito entre todos los ungidos por el Espíritu
sufre el embate del Adversario de la Salvación o
Satanás, cuando se encuentra en situación humana
precaria - hambre y sed-, que lo hacen especialmente
vulnerable. Esta situación puede presentarse a todo lo
largo de la existencia humana, con altibajos. Por eso,
hemos de ver en el número cuarenta un símbolo de la
extensión de la vida humana, con todas sus peripecias.

La catequesis que transmite el relato a todos los
ungidos con el Espíritu, por su bautismo, que es
participación en la unción de Cristo, es que, en medio
de la precariedad de la existencia humana, en que nos
atenaza nuestra real limitación y nuestro anhelo de
infinito, podemos ser tentados por el Adversario para
usar la fuerza del Espíritu de Dios en provecho
propio, y no en aras de la misión, que consiste en
liberar a cautivos y oprimidos; evangelizar a los
pobres; dar la vista a los ciegos; y anunciar a los
hombres la remisión de todas las deudas, sobre todo,
la más radical, la del pecado (cf Lc 4: 18-19).

En la tentación, vano esfuerzo del Adversario por
desviarlo de su camino, Cristo se acredita como el
Siervo de Yahveh, obediente hasta la muerte, y una
muerte de cruz, que, por eso, recibirá el título que
está por encima de todo título, y la adoración en el
cielo, la tierra y el abismo (cf fil 2: 6-11).

La prueba de que no estamos hablando de un episodio
aislado en la vida de Cristo es que en Cesarea de
Filipo, después que Pedro confiesa que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios, y Jesús anuncia su misterio
pascual, y Pedro trata de disuadirlo, Jesús lo llama
Satanás, es decir, Adversario, porque representa un
obstáculo para ser fiel a su misión, y le ordena
retirarse (cf Mt 16:13-23).

Lleno del Espíritu, pasa por el mundo haciendo el
bien, liberando a los que estaban oprimidos por el
Diablo, porque Dios estaba con El (cf Hechos 10:38).

Este Espíritu que palpita en las Escrituras lo
inspira para repeler con firmeza al Adversario. Cuando
nos atenaza el hambre de pan, prestigio,
reconocimiento y poder, cuando nos sentimos tentados a
valorar el tener sobre el Ser, qué importante es
recordar que no sólo de pan vive el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios.
Cuando cedemos a la tentación de tratar a las
criaturas como si fueran Dios, olvidándonos del Dios
único y verdadero, urge recordar que al Señor, nuestro
Dios, hemos de adorar, y sólo a El rendir culto.

Finalmente hemos de recordar que nunca debemos poner
a prueba a nuestro Dios, pues nosotros somos las
creaturas y El el Creador; nosotros los hijos y El el
Padre; nosotros la vasija y El el alfarero. Dios no
nos debe explicaciones.

La exhortación cuaresmal a convertirnos y creer en el
Evangelio nos traslada a este escenario, para que
imitemos a Cristo, en su fidelidad y obediencia a
Dios, que lo ha ungido con el Espíritu. Todo bautizado
ha de esforzarse por realizar en su vida todo lo que
su unción significa, y rechazar cuanto es indigno de
ella. Sólo así será fuente de complacencia para su
Padre y luz para sus hermanos.


Si quieres comunicarte con el encargado de esta sección, envía un mensaje a:
alazam24@yahoo.com.mx


 

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