El Dios cristiano
Mons.
Fernando Torres Durán
Obispo de Chitré
Las
enseñanzas de las lecturas del tercer domingo de
cuaresma, nos describen rasgos del Dios cristiano.
Dios aparece como fuego que no se consume y se define
a sí mismo: yo soy el que soy. (Éxodo 3).
El Evangelio (Lucas 13) nos presenta un Dios
misericordioso que desea ardientemente la conversión
del pecador, que sabe esperar antes de intervenir con
su justicia.
El Dios cristiano es un Dios providente, que nos pone
ante los ojos la historia de Israel para que estemos
atento y nos mantengamos en pie (San Pablo a los
Corintios 10).
En la mentalidad antigua el fuego es símbolo de poder
y de fuerza divinos. En el Antiguo Testamento es
además símbolo de la presencia divina en la creación
(el sol, el rayo.) Puesto que Dios es eterno, el fuego
de su presencia y de su poder no puede consumirse.
¡Qué hermosa manera de expresar la cercanía constante
de dios para con Moisés y para con los descendientes
de Israel!
La presencia poderosa de Dios entre los suyos, llega a
plena realización en el momento en que el Verbo mismo
de Dios se encarna en el seno de María y se hace en
todo semejante al hombre, a excepción del pecado.
Jesús, durante su vida pública, dirá: He venido
a
traer fuego a la tierra y ¿qué es lo que quiero sino
que arda? Se trata del fuego que es Dios mismo, en su
misteriosa proximidad al hombre; un fuego, que debe
brillar en el corazón de la historia y de cada ser
humano.
Dios es un Dios paciente, que sabe esperar. Dios sabe
que convertirse de verdad no es fácil, ni cosa de unas
horas o días. Porque conoce el interior del hombre,
Dios sabe esperar, no tiene prisas, cuando ve una
disposición sincera para la conversión.
La parábola de la higuera, narrada por Jesús en el
Evangelio: "Uno tenía una higuera plantada en su vida,
y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo
entonces al viñador: - Ya ves: tres años llevo
viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo
encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno
en
balde? Pero el viñador contestó: -Señor, déjala
todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré
estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene
la cortará" (Lucas 13), es de gran consuelo para el
hombre débil, y no pocas veces estéril en sus
esfuerzos de conversión. Dios no sólo espera, además
actúa en la conciencia humana para que se convierta y
dé frutos.
El cristiano comprometido, el misionero, no caer en la
impaciencia. Ha de saber esperar el momento de Dios.
Hemos de actuar con fe y con amor. Esperar, sin prisas
y sin pausa. Jamás decaer en la espera, ser "testigos
de la esperanza".
En la paciencia, nos dice Jesús, "poseeréis, vuestras
almas"; en la esperanza de encontrarnos nuestra
salvación y la de nuestros hermanos.
Dios es un Dios presente y cercano al hombre, a quien
pide "salir a su encuentro desde su realidad. ¡Dios es
misericordioso y nos sabe esperar!
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