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Vocación a la Santidad


Asdrúbal Moya Orozco
(III año de Filosofía, Seminario Central, San José, Costa Rica)

Hablar de santidad, es nombrar el amor en perfección. Una gracia divina en la vida del ser humano; solamente el hombre es capaz de alcanzarla, no con fórmulas mágicas, ni por obras extraordinarias, sino viviendo la humildad, la sencillez y el amor en intensidad, por medio de la gracia.

Todo creyente y no creyente está llamado a la santidad, testimoniando consciente o inconscientemente las enseñanzas de Cristo en su propia vida, en medio de sus hermanos.
Es una vocación ineludible, la cual todos deberíamos estar ansiosos por alcanzar.

En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Luz de las Gentes en el N. 40) dice: «El Señor Jesús divino Maestro y modelo de toda perfección, predicó la santidad de vida, de la que Él es autor y consumador «Sed pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt. 5,48)».

Tenemos de hecho un modelo por excelencia: la persona de Jesucristo, en su vida y obras, así como su misterio Pascual.

Además, tenemos a su madre, la Santísima Virgen María, quien reconoce en la Anunciación, la presencia divina, la que acepta en su virginal vientre, para hacerla palpable entre nosotros.

Para quienes contemplan, reflexionan la vida y obras de muchos hombres, grandes santos de la historia, les es difícil aceptar que todo ser humano pueda llegar a la santidad. Sin embargo, libros y documentos, nos educan y orientan hacia una verdadera santidad cristiana.

Muchos valientes (hombres y mujeres), que dedicaron sus vidas al servicio de Dios, entregaron su voluntad a la Divina Providencia y nos han legado sus escritos y obras, que no son otra cosa que, la forma en que hacían presente a la persona de Jesús en sus vidas por medio de una oración intensa, reflexiva y además contemplativa, que era un encuentro frente a frente de su persona con el amado.

Estos grandes santos recibieron la gracia desde el bautismo, al igual que cualquiera de nosotros, así nos lo señala la Carta Apostólica, (Nuevo Milenio que se acerca N. 30) donde dice: «Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado».

La perfección por ellos alcanzada, responde al hecho de que dieron el paso o los pasos que nosotros no nos atrevemos a dar, al encontrarnos ante un mundo tan mecanizado y globalizante, en donde el ser humano no es otra cosa que una máquina productora y consumidora, enajenada, pocas veces pensante, pues el sistema reinante se encarga y empeña de que así sea.

Menciono, a mi juicio, tres de los pasos más importantes, que toda persona debe aplicar, si tiene el noble sentimiento de ascender en la santidad.

El primero de ellos, es desear ser santo. Sin esta actitud no habría posibilidad de avanzar en tal empresa. Santa Teresita del Niño Jesús, decía en sus escritos que ella quería ser santa, pero no una santa cualquiera, sino la santa más grande del cielo y por este medio glorificar al Padre bueno y generoso. Al igual que ella, muchos otros desearon ser santos una vez que se encontraron con Jesús en el camino de sus vidas.

Este primer paso nos lleva a pensar y a hacer, pues no basta desear, sino también reflexionar en mis cualidades y defectos. Lo positivo, para irlo abonando cada día más, a fin, que de fruto en abundancia y lo malo para desecharlo.

El segundo paso consiste en cosechar las virtudes que se van descubriendo a través del tiempo, así como tener el deseo de adquirir aquellas que no se han desarrollado. Todas las virtudes en sí son importantes, pero las principales que todo aspirante a la santidad debe poseer son: la Fe, Esperanza y Caridad.

Las virtudes, por así decirlo, impregnan de un dulce y suave aroma perfumado a quienes las hacen suyas y las practican. Entre los santos, no era extraño encontrar que fueran rodeados por este suave aroma, que muchos llaman «el perfume de la santidad».

Dentro de las virtudes, entran las obras de misericordia, las cuales deben practicarse cuidadosamente, ya que se pueden convertir en simples obras de acción social desligadas del evangelio.

Una persona puede tener hambre, pero esta hambre puede ser de la Palabra de Dios, de aliento en un momento difícil; como también podemos hablar de una persona que esté desnuda, pero esta desnudez puede ser de esperanza, de deseo de vivir, por lo que se requiere una buena visión a la hora de auxiliar al necesitado, actuar de la mejor manera y así provocar frutos de sumo bien para nuestras almas y las de otros.

El último y tercer paso es el de los dones. Entre más actúa el Espíritu Santo en nosotros, más podemos reflejar el lado paternal de Dios; el Espíritu Divino nos llena de sus gracias en la medida en que vayamos creciendo en la oración y en el arte de las buenas costumbres. Todo trascender en la gracia de Dios, se puede palpar, pero esto no lo permite Él con el fin de que nos gloriemos a nosotros mismos, sino para que demos gloria y alabanza a nuestro Padre que está en los cielos.

La propuesta está dada por el Señor, y en nosotros está el aceptar este proyecto de vida, asumirlo en lo cotidiano y expresarlo por las obras.

Tomado de www.mundilink.com/eco

 

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