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El don de piedad.

A fin de comprender lo que es el don de piedad, cotejémoslo con la virtud infusa de la justicia, a la que corresponde.

El don de piedad y la virtud de la justicia coinciden en que ambos están destinados a regular las relaciones del hombre con Dios y con el prójimo.

La justicia prescribe al hombre que honre y dé culto al Señor, por la grandeza que resplandece en la divinidad y por ser Dios su Soberano y su Bienhechor supremo.

El don de piedad, por el contrario, nos mueve a amarle y reverenciarle por respeto a la excelencia de Dios, que es infinita en sí misma y alcanza a todos sus hijos.

Elévase, pues, el don de piedad por encima de la justicia. Nos inclina a tributar al Señor honor y gloria, no porque sea bienhechor nuestro, sino porque le consideramos infinitamente digno en virtud de su soberana grandeza. ¡Dámoste gracias, Señor, Dios omnipotente que eres, que eras y que serás, porque revelaste tu poder y reinaste: Gratias agimus tibi, Domine, Deus omnipotens, qui es, et qui eras, et qui venturus es, qui accepisti virtutem tuam magnam et regnasti". (1)

2. en virtud de la justicia nos consideramos deudores de Dios. En virtud del don

de piedad nos sentimos hijos suyos, partícipes de su excelencia soberana.

Como hijos, le ofrendamos nuestros homenajes, honrando con ellos la infinita dignidad de nuestro Padre Celestial. Y, una vez que hemos cumplido con este deber filial, honramos también a cuantos son o pueden ser hijos suyos y a cuantos participan, en cualquier grado, de su excelencia.

3. Si quieres conocer, lector, hasta qué punto te dejas gobernar habitualmente

por el don de piedad, no tienes más que examinarte sobre los puntos siguientes:

¿Consideras ordinariamente a Dios bajo la forma genérica y abstracta de Señor, Soberano del Universo y primera Causa, a quien es preciso reverenciar y cuyos beneficios hay que retribuir?

¿No te sientes, más bien, inclinado a tratar con El como con un padre muy amado? ¿Experimentas intensa emoción filial cuando, dirigiéndote a Jesús, le dices: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre, venga a nos el tu reino?

¿Te complace entretenerte con tu Padre celestial en filiales confidencias, diciéndole, por ejemplo: Padre mío amantísimo, os amo y quiero amaros siempre infinitamente en unión con Jesús, vuestro hijo y hermano mío?

¿Te sientes henchido de gozo y de santo orgullo al contemplar a tu Padre revestido de infinita majestad, que es desde toda la eternidad fuente de todo bien, principio eterno del Verbo y, juntamente con éste, del Espíritu Santo, y al poder exclamar: He aquí a mi Padre, he aquí al Hacedor de la perfectísima e inmaculada Virgen María, Madre de Jesús y Madre también mía?

4.¿Cómo tratas con Jesús? ¿Sueles considerarlo como Señor severísimo que distribuye los talentos y exige con rigor las rentas que deben producir; como vigilante que examina minuciosamente a los convidados y expulsa de la sala del festín a los que encuentra desprovisto del vestido nupcial? ¿Le miras como Juez inexorable, que en el último día pronunciará sentencia irrevocable según las obras de cada reo?

¿O es, sobre todo, para ti el hermano querido con ternura, que, para estar más cerca de ti y ganar tu confianza, se hizo semejante a ti, te sacó una por una todas las espinas del pecado y pagó tus deudas, muriendo por ti en la cruz?.

¿Lo contemplas como Buen Pastor, dispuesto a cargarte sobre sus hombros siempre que te encuentres perdido en la selva del pecado?

¿ Tiéneslo por confidente de tus penas, por amigo que te consuela y a quien consuelas, por médico piadoso que cura tus llagas, por huésped querido que viene todos los días a morar en tu corazón, por redentor que se inmola en el altar para darte vida?

¿ Experimentas en su presencia malestar, temor, desconfianza, o, por el contrario, ardes en deseos de consagrarte a El, de complacerle en todo y de morir junto a El, clavado en cruz para agradarle y salvar almas?

5. ¿Te consideras como hijo amante de la Santísima Virgen? ¿Sientes gozo y contento al contemplar sus imágenes y al oír narrar sus milagros y ensalzar su maternal bondad?

¿Comprendes la doctrina de la infancia espiritual? ¿Eres para con la Madre del cielo el hijo pequeño que Ella mece en los brazos, y encubre bajo el manto, y estrecha contra el corazón, y cuya vida espiritual nutre continuamente con el alimento de la gracia?

¿Has hecho suyo todo cuanto tienes, alma y cuerpo, potencias y acciones, plegarias y afectos, dolores y merecimientos, para que Ella disponga de todo como de cosa y propiedad absoluta?

¿Caminas siempre asido de su mano, sin apartarte de Ella, invocándola sin cesar y dirigiéndole jaculatorias y Avemarías?

¿Tachas alguna vez, siguiendo los dictados de la prudencia humana, de infantil este género de devoción? ¿ Temes excederte en tributar testimonios de amor y de ternura a la que concibió, llevó, nutrió y fajó al Niño Jesús? ¿Miras con menosprecio las entusiastas demostraciones de amor que el pueblo cristiano tributa a la Madre de Dios?

¿Condenas o desapruebas este género de devoción, cual sensiblería indigna de almas varoniles?

En ese caso, puedes tener la seguridad de que, a pesar de la solidez de tus convicciones religiosas y de lo profundo de tus conocimientos, no disfrutas de intimidad con la Familia divina.

En el fondo de tu alma permanece estéril el don de piedad.

6. ¿Amas a los santos del cielo? ¿Los invocas como hermanos reunidos ya en la casa de tu Padre, donde te esperan?

¿Te une con alguno de ellos más estrecha intimidad? ¿Aspiras a unirte con ellos y trasmites por su medio mensajes de amor y de súplica al Padre y a la Madre de la común Familia?

¿Tienes amor a las almas del purgatorio, que, ciertas de su salvación, aguardan, con paciente y dolorosa ansiedad, el momento en que se les abran las puertas de la casa paterna? ¿Ruegas por ellas, encomendándolas sin cesar a la Madre de Dios y aplicándoles por mediación de Ella oraciones e indulgencias?

¿Vives íntimamente unido con el ángel de la guarda? ¿Le quieres como a un hermano? ¿Rivalizas con él en amor a la Santísima Trinidad, a Cristo y a María? ¿Le pides que presente tus súplicas ante el divino acatamiento? ¿Le encargas que no cese de adorar y de amar por ti al Padre celestial?

7. ¿Cuáles son tus sentimientos respecto de tu Madre la Iglesia? ¿Estás orgulloso de ser su hijo? ¿Hallan eco en tu corazón sus triunfos, alegrías, derrotas, pruebas y dolores? ¿Te entristeces al contemplar a tantos hermanos tuyos como viven alejados de la casa paterna? ¿Haces cuanto puedes para que entren en ella los extraviados, los herejes, cismáticos, judíos e infieles? ¿Ruegas por los pecadores, por los agonizantes y por las almas más abandonadas? ¿Encomiendas con encarecimiento a Jesucristo los intereses de la Iglesia?

¿Tienes sentimientos de filial afecto y de profunda veneración hacia el Sumo Pontífice? ¿Reputas como tuyas sus pruebas, aflicciones y alegrías?

8. Si eres persona consagrada a Dios por los votos religiosos, ¿sientes para con tu Orden los afectos de un hijo para con su familia? ¿Te interesas con cariño por las obras y empresas de tu Instituto? ¿Buscas favor, consuelo y distracción en el seno de tu familia religiosa o en el mundo, en medio de los extraños?

¿Experimentas, respecto de la santa Regla y de sus menores detalles, el amor celoso y vigilante que el buen hijo cuando se trata del honor y de los intereses de su familia?

¿Amas y reverencias de corazón, de palabra y de obra a tu Superior, considerándole como padre y no como vigilante inoportuno, amo o juez?

¿Crees vivir en familia cuando estás en medio de tus hermanos? ¿Defiendes con empeño su honor y reputación? ¿Te impones los sacrificios que sean necesarios para ahorrarles fatigas y facilitarles sus trabajos?

9. Puede verse por este somero examen cómo el don de piedad reviste la vida espiritual de relación con el cielo, la tierra y el purgatorio de vislumbres inusitadas, de intimidad y cordialidad que la virtud de la justicia desconoce.

Cuanto más vivos y habituales sean los sentimientos de piedad filial en que envolvemos a nuestro Padre Dios y a cuantos ostentan alguna participación de su paternidad, tanto más ciertos podemos estar de que el don de piedad no yace como germen muerto en la tierra de nuestra alma.

Los seres habitualmente guiados por el Espíritu de Amor, viven ya desde el mundo como en el seno del hogar celeste y no hacen más que suspirar por la visión de las tres divinas Personas, por la compañía de los ángeles y de los santos y por el inefable abrazo que les dará en el cielo, a su llegada, la celestial Madre de su amor.

FIN

Alfredo R. Segovia op.

Hermandad Seglar (Tercera Orden)

Convento de Santo Domingo

Buenos Aires.

NOTA: Próxima entrega "El don de fortaleza"

 
 
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