El don de fortaleza 1

 

1. Dominus refugium nostrum et virtus: El Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza. (2)

El don de consejo une, en cierto modo, al alma con la inteligencia de Dios, la cual le sirve de consejera y directora en todas sus dudas y perplejidades.

El de piedad la une al corazón de su Padre y la hace participar de la bondad y del amor que Dios derrama sobre todas las criaturas.

El de fortaleza la asocia al poder infinito de Dios.

En el ejemplo de los Apóstoles vese bien claramente cómo el hombre que se halla en posesión no más que de la virtud de la fortaleza es la misma flaqueza y debilidad.

Antes de recibir el Espíritu Santo huyeron despavoridos ante los enemigos de Cristo, a pesar de haber sido por Él instruidos y educados durante tres años. Mas después de Pentecostés se dejaron azotar y encarcelar, y aun dieron la vida en testimonio de su fe.

 

2. Lo esencial del don de fortaleza consiste en hacer al alma capaz de llevar a cabo las más difíciles empresas.

Así se explica que frágiles mujeres, escasas de instrucción, de prestigio y de medios humanos, hayan podido ejecutar grandes obras, fundar Ordenes religiosas, operar importantes reformas, asistir con sus consejos a los mismos Soberanos Pontífices, y vencer cúmulos inmensos de dificultades, dando muestras de energía sobrehumana.

Y en nuestros tiempos vemos cómo surgen por doquier empresas sobrenaturales, concebidas y ejecutadas, muchas veces, por personas carentes de talento, de renombre y de fortuna, pero ricas en dones del Espíritu de Dios.

Puede, desde luego, afirmarse que ninguna de ellas las emprende sin sentirse inspirada con el parecer y la autorización del legítimo superior.

 

3. Presta también el don de fortaleza la energía necesaria, a fin de afrontar todos los peligros: enfermedades, contagios y la muerte misma, si son necesarios para conseguir la salvación de las almas.

Este espectáculo de valor heroico lo dan a diario y en todos los países los misioneros católicos y los religiosos y religiosas, que abandonan la patria y el hogar, sacrifican su juventud, su salud y su porvenir, y sepultan su existencia en el olvido de las tierras remotas, convirtiendo paganos y curando leprosos, cancerosos y enfermos atacados de las más hediondas dolencias.

Así confirma Jesucristo, con esta multitud de testimonios fehacientes, la asistencia que presta a su Iglesia por medio de su divina fortaleza.

 

4. Gracias al don de fortaleza, consigue, asimismo, el hombre la paciencia que necesita para sufrir toda suerte de vejámenes y persecuciones.

Durante los primeros siglos de la Iglesia y todo a lo largo de la Historia, vemos cómo el Espíritu Santo dotó de heroica fortaleza a los cristianos perseguidos y martirizados; y aun en nuestros días hemos podido contemplar la muchedumbre de ancianos, mujeres y niños que en la persecución han dado al mundo el espectáculo de su heroísmo al soportar las torturas y la muerte.

En verdad podemos afirmar que el brazo del Señor no ha padecido mengua.

 

 

(1)      Juan a Santo Tomás, Cursus Theol., t. VI, art. VI.

(2)       Salmos, 45, 2.

 

 

5. El don de fortaleza es el que hace que las almas que sufren la nostalgia del cielo soporten el hastío y el tedio de la vida presente en un mundo lleno de iniquidades, en el que el mal parece triunfar siempre, en el que una gavilla de malvados e impíos oprime bajo el yugo de la tiranía a millones de conciencias, en el que la virtud se ve vilipendiada y escarnecida, y Jesús, el Rey de reyes, es menospreciado por sus indignas criaturas.

Merced a él recibe el hombre el valor necesario pata soportar las incontables cruces de su terrena peregrinación.

No son pocas las almas buenas que en lugar de murmurar de Dios y revelarse contra el yugo que les impone, como lo hacen muchos que no quieren entender los planes de su Providencia, aceptan heroicamente y en silencio dolores, enfermedades, contradicciones, calumnias e infortunios, pensando como Job: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea su santo nombre: Dominus dedit, Dominus abstulit…, sit nomen Domini benedictum”. (1)

 

(1) Job, I, 21.

 

6. ¿De quién puede recibir el hombre, durante su peregrinación terrena, el valor preciso para vencer las incesantes solicitaciones de la naturaleza corrompida, las seducciones del mundo y las tentaciones del demonio, sino de Aquel que respondió a San Pablo cuando éste le suplicaba que pusiera término a sus combates: “Sufficit tibi gratia mea, nam virtus in infirmitate perficitur: Bástate mi gracia, puesto que el poder mío brilla y consigue su fin por medio de la flaqueza” (1)

(1) II Cor., 12, 9.

7. Y ¿dónde hallará la constancia que se necesita para vivir desprendido de todo, en conformidad con las máximas del Evangelio, en un medio saturado de principios mundanos que contradicen desvergonzadamente, hasta en el retiro del claustro, las enseñanzas de Jesucristo?.

El alma piadosa que tiene la resolución de servir a Dios en medio del mundo, despreciando las sugestiones del respeto humano, que le mueven a seguir el camino ancho, necesita una fortaleza y una constancia a toda prueba, que sólo el Espíritu Santo es capaz de proporcionar, si quiere vencer la oposición, ora franca, ora solapada, que por doquier se alzará contra sus propósitos.

 

8. Pero donde más resplandece la fortaleza de que Dios reviste a las almas es en presencia de la muerte y de las circunstancias en que ésta se puede presentar.

En ese momento queda el hombre solo, desprovisto de todo arrimo humano.

Encuéntrase el alma a solas ante la eternidad, ante el juicio que le precederá y en el momento más decisivo de su existencia.

Mas ¡loada sea la fidelidad de Dios! Porque, así como a lo largo de la vida fue fortaleza del alma humilde y confiada, así al término de ella le hará sentir más claramente aún la fuerza de su brazo omnipotente.

En efecto: Él es quien sostiene al alma en las enfermedades y dolores; Él quien la defiende contra las tentaciones de Satanás; Él quien le comunica una inquebrantable confianza en su misericordia; Él, finalmente, quien la enseña a olvidarse de sí misma y de sus dolores, a unirse con Jesús crucificado y a ofrecer, por mediación de su Madre del cielo, el sacrificio de su vida al Eterno Padre en unión con el que Cristo realizó en la cumbre del Calvario.

 

9. Mas para vivir de esta suerte, sostenida por la fortaleza de Dios en todas las circunstancias de la vida y en las angustias de la muerte, es preciso que el alma haya llegado a hacerse muy pequeña y a ser muy humilde conocedora de su infinita miseria.

No gusta el Espíritu Santo de sustentar sobre sí a los que se reputan por grandes y fuertes; a los tales abandónalos para que caminen solos, y así marchan expuestos a perderse y a caer, y a verse sin fuerzas para levantarse.

 

¡Oh, Virgen bendita! Ayudadnos a comprender vuestro inspiradísimo cántico: “Respexit humilitatem ancillae suae: (1) Ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava”.

“Fecit mihi magna qui potens est: (2) Hizo en mí cosas grandes el que es Todopoderoso”.

“Dispersit superbos mente cordis sui. Deposuit potentes de sede et exaltavit humiles: (3) Deshizo las miras del corazón de los soberbios. Derribó del solio a los poderosos y ensalzó a los humildes”.

¡Oh, Virgen humildísima, Madre nuestra, hacednos semejantes a Vos!.

 

(1) Luc., I, 48.

(2) Luc., I, 49.

(3) Luc., I, 51 – 52.

 

 

 

FIN

 

 

Alfredo R. Segovia op.

Hermandad Seglar  (Tercera Orden)

Convento de Santo Domingo

Buenos Aires.

 

 

 

NOTA: Próxima entrega “El don de temor de Dios”