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El don de temor de Dios.

 

1. Cuando el hombre peca por librarse de cualquier trabajo, obedece al temor humano y

carnal. Así obran los que reniegan de Cristo por librarse de la muerte.

Cuando deja de pecar por evitar un castigo, déjase mover del temor servil, el cual es bueno, aunque no muy noble.

Cuando evita cometer el pecado, en primer lugar, por ser ofensa de Dios, y en segundo término por temor al castigo, que es consecuencia del pecado, vese influido por el temor filial imperfecto.

Y, finalmente, cuando huye del pecado por la aflicción que causa a Dios, su Redentor y Padre, hállase en posesión del temor filial perfecto.

Este, último producto de la perfecta caridad, (1) se nos comunica mediante el séptimo don del Espíritu Santo.

 

2. Acto propio y peculiar del don de temor es el respeto a la Majestad infinita de Dios, que puede rechazar de sí para siempre al alma pecadora.

Puede manifestarse ese respeto en formas variadísimas y tributarse a cuanto tiene relación con Dios:

A la presencia del Señor por medio de la modestia y compostura en modales y movimientos.

A Jesucristo en la Eucaristía, ejecutando las sagradas ceremonias con suma gravedad, cuidado y reverencia.

Al sacerdote, como ministro que es de Cristo y partícipe de su dignidad y de su poder.

A las almas creadas a imagen y semejanza de Dios, evitando todo mal ejemplo, y procurando servirlas como al mismo Jesucristo, y extremando el respeto a las que, por estar en gracia, son templos del Espíritu Santo, y a las consagradas a Dios en virtud de los votos religiosos.

A los pobres, a los desgraciados, a los enfermos y a todo lo pequeño y débil, por amor a Jesucristo pobre, humilde y amigo de los pequeñuelos.

Respeto, en fin, que debe abrazar a todas las criaturas de Dios, porque todas llevan la impronta de su perfección y son obra de sus manos, y todas nos hablan de Él y nos invitan a adorarle y a amarle.

 

3. Consecuencia natural del don de temor de Dios, mientras vivimos en este mundo rodeados de peligros, es la fuga del pecado, mal supremo, que equivale para nosotros a la separación de Dios.

El alma teme el pecado y huye de él, en primer lugar, porque se siente débil y en peligro continuo de cometerlo.

Merced a la iluminación del Espíritu Santo, está convencida de su inconstancia y de la perversidad de su naturaleza, y contémplase, por lo tanto, al borde del precipicio, en riesgo de derrumbarse por él si Dios no la contiene.

Mas su temor es filial, porque sabe que Dios es Padre cariñoso que la ama como a hija, y que está dispuesto a socorrerla siempre que a sus oídos llegue el eco de la imploración del alma que le invoca.

 

4. Teme también el pecado a causa de la muchedumbre de peligros y seducciones mundanas que la rodean.

Las almas inexpertas no aciertan a adivinar la cantidad incalculable de peligros de que están rodeadas. Pero el alma iluminada por el Espíritu Santo adivina como por instinto los peligros que se esconden bajo las apariencias más innocuas, el veneno disimulado, la serpiente escondida, las intenciones perversas y los lazos todos tendidos para sorprender su virtud.

Por eso está siempre alerta, cuidando de prevenir todos los peligros, y cuando ve a muchas almas indefensas por falta de vigilancia y sobra de ligereza e imprevisión, no puede menos de compadecerlas.

 

5. Asimismo tiene temor al pecado porque conoce la malicia del demonio.

El trato que tiene con el mundo sobrenatural es causa de que el alma poseída del don de temor de Dios conozca el formidable poder que el Señor ha dejado en manos de Satanás para tentar a los hombres.

Y llega a tanto su experiencia, que adivina, en cierto modo, la presencia del espíritu maligno, el cual, en expresión de San Pablo, “anda girando como león rugiente alrededor de nosotros en busca de presa que devorar: Tanquan leo rugiens, circuit quaerens quem devoret”.

Por eso suplica de continuo a Jesús y a María que la preserven del poder del infierno, que pongan coto al influjo de Satanás y que iluminen a las almas inocentes, y en particular a los niños y a los jóvenes.

 

6. Los pecados más aborrecidos del alma temerosa de Dios son aquellos que con más frecuencia suelen alejar las almas de su soberano Dueño, es a saber: la sensualidad y el orgullo.

Los placeres sensuales son los que más alejan al hombre de la soberana Majestad del Dios tres veces Santo, que es Espíritu infinitamente elevado por encima de la materia.

Razón por la cual el alma temerosa de Dios experimenta un terror instintivo a la vista de este pecado, toma precauciones que pueden parecer minuciosas y exageradas a quienes no tienen su experiencia, y se mortifica, siguiendo el ejemplo de San Pablo, “reduciendo su cuerpo a servidumbre: Castigo corpus meum et in servitutem redigo, ne forte cum aliis praedicaverim, ipse reprobus efficiar”.

Sírvese, al mismo tiempo, del temor de Dios para triunfar por maravillosa manera de este enemigo. Porque, al concebir una idea vivísima de la Majestad soberana y terrible del Altísimo, desprecia, naturalmente, todo lo creado, por hermoso y atractivo que pueda parecer, ya en las criaturas, ya en los groseros goces que se le brindan.

 

7. Tanto como de la sensualidad huye del orgullo y de la complacencia propia.

Habituada a comparecer familiarmente, pero de soberano respeto, en presencia de la grandeza del único Dios infinitamente grande y digno de adoración y de alabanzas, considérase a sí misma semejante al gusanillo que se arrastra entre el polvo, al átomo perdido en la inmensidad del Universo o a la gota de agua saturada de todas las iniquidades de la tierra. De tal manera, que el más insignificante pensamiento de soberbia le parece abominable injuria inferida a Dios, de la que aparta la vista con horror.

Las alabanzas que recibe recházalas como pérfidas y monstruosas mentiras e injusticias intolerables en presencia del Autor de todo lo creado, que es el único Ser digno de veneración y de gloria: Soli Deo honor et gloria.

Y, en cambio, acepta tranquilamente todos los reproches que se le hacen, por encontrarlos dignos de su nada y de su miseria.

 

8. sírvase de las mismas faltas en que incurre para penetrar más profundamente en el propio conocimiento. Lejos de turbarse por las faltas circunstanciales que comete, aprovéchalas para pedir perdón a su Padre celestial y para amarle en adelante con mayor confianza y más profunda humildad.

Aun cuando no descubre en su conciencia pecados de que acusarse, se anonada ante la soberana santidad y majestad de Dios, porque sabe que su naturaleza corrompida la inclina siempre a la nada y al pecado.

 

9. esa convicción produce en ella un continuo sentimiento de compunción, que la mueve a pedir a Dios perdón por sus pecados y los del mundo entero y a suplicarle que le conceda siempre gracia para no ofenderle.

Compunción que se convierte en bálsamo refrigerante que sana las llagas producidas por el pecado, devuelve al alma la inocencia y la pureza bautismales, le da energías para huir horrorizada del pecado y la introduce hasta lo más íntimo de la familiaridad con Dios.

 

10. la ocupación favorita del alma temerosa de Dios consiste en vivir unida en espíritu a Jesucristo, anonadado ante su Padre para reconocer su soberano dominio y reparar los pecados de los hombres.

Con esa finalidad ofrece todas las misas a que puede asistir y se une en espíritu a cuantas se celebran en el mundo entero.

Estréchase en espiritual abrazo con Jesucristo, oculto bajo las apariencias de pan en el Tabernáculo para tributar el homenaje de su abatimiento a la majestad de su Eterno Padre. Únese a ÉL tal como se encuentra en el cielo, donde, ante el trono de su Padre, permanece como sacrificado e inmolado en medio de su gloria: Occisus ab origine mundi, y asocia su sacrificio al que Jesús ofreció en unión con su Santísima Madre.

 

11. El alma temerosa de Dios no separa nunca el amor de Jesús del de María.

Tan indigna se reconoce de comparecer en te el acatamiento divino, que no osaría hacerlo sin ir cobijada bajo el manto de la humildísima, bellísima e inmaculada Madre de Dios. Por eso pone en sus manos lo mismo la compunción que le embarga el corazón, que todas las ofrendas, adoraciones, acciones de gracias y súplicas fervientes, a fin de que ella las ofrezca a Jesús y, por medio de Él, al eterno Padre.

 

FIN

 

 

Alfredo R. Segovia op.

Hermandad Seglar (Tercera Orden)

ORDEN DE PREDICADORES

Convento de Santo Domingo

Buenos Aires. Argentina

Mail: asegov@mecon.gov.ar

 

 

 

NOTA: Próxima entrega: Los frutos del Espíritu Santo. “La paz”.

 
 
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