"Ego Sum" (Yo Soy): Huerto de los Olivos.
Fuente: www.corazones.org
Jesús quiere abrir nuestros oídos
Reflexión para la Cuaresma
En el huerto de los olivos, cuando venían a prender a Jesús y le preguntan quién era, ¿Por qué Nuestro Señor habló tan alto, cuando respondió “Ego Sum” -Yo soy? ¿Sólo para aturdir físicamente a quienes lo apresaban? Pero, ¿por qué, si El se entregaba voluntariamente a la prisión? El habló más alto a sus corazones, que a sus oídos, y se les habló alto a los oídos, no fue sino para hablarles aún más alto a sus corazones. No sabemos cuál fue el provecho que aquellos hombres sacaron de la gracia que recibieron. Pero ciertamente el temor que tuvieron, cuando cayeron al oir la voz del Maestro, les fue saludable como le fue saludable a Saulo, cuando la misma voz le gritó “¿Saulo, Saulo, por qué me persigues?”
Nuestro Señor les habló alto a los oídos. Los echó por tierra. Pero su voz que abatía cuerpos y ensordecía oídos, erguía almas que estaban postradas, y les abría los oídos de los espíritus, que estaban sordos.
A veces, para curar es necesario gritar.
“Señor, haced que oigamos”
Con Malco, Nuestro Señor procedió de otra manera. Cuando le recompuso la oreja cortada por la fogosidad de Pedro, Nuestro Señor seguramente le quería hacer un bien temporal. Mas, curándole el oído, Nuestro Señor quiso sobre todo abrirle el oído del alma. Y Él que curó a unos de la sordera espiritual con el estampido divino de su voz, Él curó de la misma sordera espiritual a Malco, diciéndole palabras de bondad, y restituyéndole la oreja que perdió.
Vivimos un siglo afectado, por la sordera espiritual. Si hay época en que se endurecen los corazones, por cierto es la nuestra.
El Divino Maestro nos muestra que si queremos acabar en nosotros y en breve esta sordera, es Él sólo quien puede hacerlo, y los medios humanos en sí mismos de nada valen.
En esta ocasión, hagamos nuestro un pedido que se encuentra en los Santos Evangelios. Cuando un ciego vio cierta vez a Nuestro Señor, gritó: “Domine, ut videam” - ¡Señor, haced que veamos!
Aprovechemos las conmemoraciones de la Cuaresma para pedirle que oigamos: “Domine ut audiam”. No sabemos, en la sabiduría de su misericordia, de que manera Nuestro Señor curará nuestra sordera espiritual. Sangramos como Malco, y estamos sordos como los esbirros. Nos importa poco que El quiera curarnos por este o aquel medio: que se cumpla su divina voluntad. Que Él nos hable por la voz suave de las consolaciones. Sobre todo le pedimos una cosa: ¡Señor, haced que oigamos!
Qué por lo menos los católicos oigamos plenamente la voz de Nuestro Señor, y que, correspondiendo en nuestra santificación interior, de modo completo y sin restricciones, a las gracias que que Él nos da, realicemos dentro nuestro aquel reinado pleno de Nuestro Señor Jesucristo. |