El Adviento, preparación para la Navidad
Autor: Tere Fernández Fuente: www.es.catholic.net
Significado del Adviento
La palabra latina "adventus" significa “venida”. En el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Jesucristo. La liturgia de la Iglesia da el nombre de Adviento a las cuatro semanas que preceden a la Navidad, como una oportunidad para prepararnos en la esperanza y en el arrepentimiento para la llegada del Señor.
El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa penitencia.
El tiempo de Adviento es un período privilegiado para los cristianos ya que nos invita a recordar el pasado, nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro.
Esta es su triple finalidad:
- Recordar el pasado: Celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén. El Señor ya vino y nació en Belén. Esta fue su venida en la carne, lleno de humildad y pobreza. Vino como uno de nosotros, hombre entre los hombres. Esta fue su primera venida.
- Vivir el presente: Se trata de vivir en el presente de nuestra vida diaria la "presencia de Jesucristo" en nosotros y, por nosotros, en el mundo. Vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos del Señor, en la justicia y en el amor.
- Preparar el futuro: Se trata de prepararnos para la Parusía o segunda venida de Jesucristo en la "majestad de su gloria". Entonces vendrá como Señor y como Juez de todas las naciones, y premiará con el Cielo a los que han creido en Él; vivido como hijos fieles del Padre y hermanos buenos de los demás. Esperamos su venida gloriosa que nos traerá la salvación y la vida eterna sin sufrimientos.
En el Evangelio, varias veces nos habla Jesucristo de la Parusía y nos dice que nadie sabe el día ni la hora en la que sucederá. Por esta razón, la Iglesia nos invita en el Adviento a prepararnos para este momento a través de la revisión y la proyección:
Revisión: Aprovechando este tiempo para pensar en qué tan buenos hemos sido hasta ahora y lo que vamos a hacer para ser mejores que antes. Es importante saber hacer un alto en la vida para reflexionar acerca de nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios y con el prójimo. Todos los días podemos y debemos ser mejores.
Proyección: En Adviento debemos hacer un plan para que no sólo seamos buenos en Adviento sino siempre. Analizar qué es lo que más trabajo nos cuesta y hacer propósitos para evitar caer de nuevo en lo mismo.
Algo que no debes olvidar
El adviento comprende las cuatro semanas antes de la Navidad. El adviento es tiempo de preparación, esperanza y arrepentimiento de nuestros pecados para la llegada del Señor. En el adviento nos preparamos para la navidad y la segunda venida de Cristo al mundo, cuando volverá como Rey de todo el Universo. Es un tiempo en el que podemos revisar cómo ha sido nuestra vida espiritual, nuestra vida en relación con Dios y convertirnos de nuevo. Es un tiempo en el que podemos hacer un plan de vida para mejorar como personas.
Cuida tu fe
Esta es una época del año en la que vamos a estar “bombardeados” por la publicidad para comprar todo tipo de cosas, vamos a estar invitados a muchas fiestas. Todo esto puede llegar a hacer que nos olvidemos del verdadero sentido del Adviento. Esforcémonos por vivir este tiempo litúrgico con profundidad, con el sentido cristiano. De esta forma viviremos la Navidad del Señor ocupados del Señor de la Navidad.
Matrimonio sin trampasFuente: Catholic.net Autor: P. Fernando Pascual El abuelo, un día, le dice al nieto lo que piensa: “Tú y tu esposa hacéis trampas. Después de cuatro años de casados ya deberíais tener uno o dos hijos”. Los abuelos son así: dicen lo que piensan con total libertad. A los padres, en cambio, les da un poco de miedo, sobre todo para no parecer entrometidos y para no hacer el papel del “suegro malo”. El problema es que a veces lo que dicen los abuelos duele como verdades que nos ponen ante problemas nada fáciles.
En el mundo moderno ya parece normal que unos esposos jóvenes no tengan hijos los primeros años. Todo un sistema de “trampas”, de anticonceptivos más o menos eficaces, han hecho posible lo que un experto describió con tres simples palabras: “amor sin hijos”. Después de varios años, cuando la pareja deje abierto el camino de la vida, quizá nazcan uno o dos niños. Pero surgirá en seguida el deseo de cerrar otra vez el grifo, normalmente de modo casi definitivo (si es que por haber tenido hijos tan tarde la misma naturaleza diga “basta”, aunque la pareja quiera tener otro niño).
En realidad, usar “trampas”, emplear métodos anticonceptivos para impedir la llegada de un hijo, va contra un aspecto muy profundo del amor. Lo propio del amor es darse sin reservas, acoger plenamente al otro, sin condiciones, sin límites, con generosidad, con alma grande. Acoger y darse, en el acto sexual dentro del matrimonio, significa decir: soy todo para ti. Decirlo con una “voz mutua”, pronunciada por los dos, con cariño, con respeto, con gozo. Si uno no quiere, si uno se siente presionado o, peor, amenazado a realizar el acto sexual, sufre una agresión más o menos grave que le hiere en su dignidad, que daña el amor, que deja heridas profundas en la vida de pareja.
Pero también produce daños al amor el darse y el acogerse “a medias”. Aunque los dos estén de acuerdo en usar métodos artificiales que impiden la concepción. No es el caso recordar aquí las muchas técnicas anticonceptivas, algunas de ellas no siempre exentas de peligros para la salud de la mujer (al alterar su sistema hormonal y algunos aspectos de su psicología), y otras, aunque muchos no lo saben, con posibles efectos abortivos (como la espiral u otros métodos hormonales). Lo importante es recordar que en todas las prácticas anticonceptivas el amor resulta manipulado, al perder su horizonte propio, natural y espiritual: la apertura a nuevas vidas humanas, a los hijos.
Volver a presentar esta verdad permitirá a las parejas jóvenes (o a las parejas ya adultas, pero todavía fértiles) pensar en su relación bajo la luz de la plenitud, y no bajo la óptica del miedo. El amor de los esposos no tiene que sentirse amenazado por la posibilidad de que inicie un embarazo. Cada nuevo hijo no es un rival, sino un continuador, una plenitud del amor que existe entre sus padres. Ello no quita el que vivamos en un mundo difícil, lleno de necesidades, lleno de angustias, con poca seguridad laboral, con pisos pequeños, con tensiones familiares.
Algunas situaciones realmente graves pueden aconsejar a la pareja el retrasar por un tiempo la llegada de un hijo. Pero no “con trampas”... Los métodos naturales, en ese sentido, permiten a los esposos respetarse plenamente, y respetar la riqueza de su sexualidad, que no es engañada, manipulada o vivida de modo artificial con el uso de “técnicas” que implican, en el fondo, falta de respeto hacia uno mismo o hacia el otro, y una herida (aunque al inicio nadie se dé cuenta) al amor.
El nieto mira al abuelo, y comprende. Comprende porque sabe cuánto ama el abuelo a la abuela, y cuánto ama a los hijos y a los nietos nacidos de un “matrimonio sin trampas”. “Abuelo, tienes razón. Hemos sido tramposos, quizá yo más, pues le obligué a ella a tomarse esas píldoras. Pero vamos a hablar. Quizá pronto te daremos la gran noticia, que será, sobre todo, gran noticia para ella y para mí: acogeremos a ese hijo que Dios nos quiera mandar porque queremos amarnos como tú y la abuela os amasteis”.
¿Qué significa a imagen y semejanza de Dios?Fuente: Catholic.net Autor: P. Clemente González
Una vez que había creado las infinitas estrellas, la tierra con sus montañas, mares, bosques y todo tipo de animales, Dios, según la Sagrada Escritura, formó su obra culmen diciendo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se muevan sobre ella.” (Gen 1,27)
A imagen de Dios no quiere decir que Dios tiene semejanza física con el hombre. Dios no tiene piernas, manos canas ni una barba blanca. Cuando la Biblia habla del hombre a imagen de Dios, se refiere al hecho de que el hombre tiene un alma espiritual. Está por encima de los otros seres vivientes que habitan en la tierra. El hombre no es una cosa, sino una persona. El Hombre, por tanto, puede pensar; puede amar a otras personas; puede componer una sinfonía; puede escoger el bien; todas las cosas que ni un perro, ni una lagartija ni ningún otro animal puede hacer. Pero, aunque podamos hacer todas estas cosas, debemos preguntarnos ¿por qué Dios nos hizo así?
Ciertamente Dios, que sabe todo, no necesita que nosotros pensemos, ni que le toquemos alguna sinfonía, pues los ángeles cantan mucho mejor que nosotros. La razón es que Dios nos ha hecho a su imagen para conocerle y amarle. De todas las criaturas visibles, sólo el hombre es “capaz de Dios.” De todas las cosas de este mundo, sólo el hombre está llamado a vivir con Dios en el mundo más allá. Y siendo a Imagen de Dios, el hombre está llamado a amar: primero a Dios y luego a todo el que tiene semejanza con Dios, es decir, a cada persona humana, pues cada persona está hecha a imagen de Dios.
Santa Catalina de Siena, platicando con Dios un día sobre la creación del hombre, exclamó: “Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno.” Cada uno de nosotros debe llegar a la misma conclusión y decir a Dios: “Por amor me creaste a tu imagen para que yo sea capaz de gustarte para siempre en el cielo.”
La imagen de Dios es Cristo. Él nos ha revelado cómo es Dios. A la petición que Felipe hace a Jesús en la última cena de que “muéstranos al Padre y nos basta”, Jesús replica: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, ¿cómo dices tú muéstranos al Padre? (Jn 14,8-11).
Por otro lado, cuando se dice que el hombre es imagen de Dios, se quiere indicar con ello que tanto el hombre como Dios tienen algo en común y es el conocimiento, el amor, la libertad; en otras palabras, el alma del hombre es lo que lo hace semejante a Dios.
Sin embargo, por el pecado el hombre nace con una imagen deformada. Cristo, al redimirnos, no solo rehízo esta imagen desfigurada por el pecado, sino que nos ha dejado dones para embellecerla aún más: nos dejó la gracia, a la Iglesia y en ella a los sacramentos. Por eso el momento de la crucifixión es la mayor muestra de amor, de libertad. El hombre se conoce mejor a esta luz. Y muchas realidades que eran incomprensibles como el sufrimiento humano y la muerte se comprenden y aclaran gracias a que Cristo se encarnó, nos redimió y resucitó. Por eso se comprende que al final del evangelio Jesús ordene a los discípulos que vayan por todo el mundo y bauticen en nombre de la Trinidad y enseñen lo que Él ha mandado (Mt 28, 19 y ss).
Se puede encontrar material sobre este tema en la Gaudium et Spes Cap. 12 y 24, Nuevo Catecismo 356 y ss.
Dios es la fuente de todo bien, de toda vida, de todo amor, de toda donación, de toda alegría. Nadie precede a Dios. La creación consiste precisamente en el hecho de que Dios, cuando no había absolutamente nada, decidió que las cosas existiesen. "Y vio Dios que era bueno", como se repite 6 veces en Gn 1.
Entre las criaturas ocupa un lugar especial el hombre, sobre el cual Dios sopló su aliento, es decir, dejó una huella especial. El hombre es imagen de Dios por ser espiritual, con capacidad para pensar y para amar, para darse y para imitar, en la medida de sus posibilidades, la generosidad de un Dios que no deja de amar, que no puede despreciar nada de lo que ha hecho, porque es "amigo de la vida" (Sb 11,26).
No es correcto, por lo tanto, preguntar cuál es la imagen de Dios, pues no existe nada anterior a él. Sin embargo, podemos descubrir algo de su "rostro" al ver a cada hombre, pues, desde que Cristo vino al mundo, todo gesto de amor que hagamos al otro está hecho a Él ("a mí me lo hicisteis", Mt 25,40).
Para profundizar Catecismo de la Iglesia Católica nn. 355-373, 1701-1709 Gaudium et spes, 12-22 |